Diario de un Barrioviajero: Marruecos profundo (parte 1)

NOTA IMPORTANTE: Gran parte de la información del diario viene de las conversaciones con mi amiga Arena. Gracias a su conocimiento del país y a su dominio del darija, el dialecto árabe hablado en el país, he podido profundizar mucho más y conocer aspectos esenciales de Marruecos.

Visité Marruecos por primera vez fue en diciembre de 2016. Un viaje de unos cinco días al clásico Marrakech y al desierto. Guardo un buen recuerdo de la que para mí fue la primera toma de contacto con el mundo árabe. Dos años después, muchas cosas han cambiado y mi interés por el país ha crecido: Marruecos me parece cada vez más un lugar cercano en todos los sentidos.

Marruecos, en lo que respecta al mundo musulmán, es un paraíso para los occidentales. Es mucho más turístico y liberal que cualquier otro país. En Rabat existe una élite diplomática extranjera; en Assilah, una medina habitada por europeos; en Chefchaouen, fumadores de hachís internacionales, y en Marrakech, unas poderosas infraestructuras turísticas.

El turismo desempeña un papel esencial en la economía del país. En 2017 visitaron Marruecos 11,7 millones de personas y el sector representa un 11,4% de su PIB. De alguna manera, si eres turista estás protegido en el país, más allá de que seas un “dólar con patas” y de los dramáticos episodios como el de las chicas nórdicas asesinadas recientemente.

En general, Marruecos en un país seguro y sin apenas indicios de terrorismo, al que se teme enormemente por los posibles efectos en el turismo. De hecho, Marruecos es conocido por sus servicios de inteligencia y el director general de la policía, Abdelatif Hamuchi, parece que sepa todo lo que ocurre en cada momento.

Desde el momento en el que entras en el país hasta que sales, las autoridades sabrán donde estás. La sensación no es que haya un sistema supertecnológico de vigilancia, sino un sistema de favores en la escala del poder. Quizás el vendedor de tabaco sin dientes de la esquina es un chivato del rey.

En el aeropuerto te pedirán dónde duermes (como en muchos otros lados) y te preguntarán tu profesión constantemente. Cada vez que haces el check-in en un hostal, los administradores están obligados a rellenar un documento con más información. Te volverán a preguntar tu profesión.

Aun así, estas cosas pasan en muchos sitios. La Unión Europea y Schengen son casos únicos –y en proceso de descomposición-, así que en muchos otros países, independientemente de sus sistemas, las cuestiones de control y seguridad podrán resultar parecidas. 

Pensando en el Sáhara

El vuelo a Tánger transcurrió con normalidad pese al madrugón. Llegué al aeropuerto a las 9 de la mañana y me quedé esperando hasta las 14.30 a que llegase mi amiga. Durante esas casi seis relajadas horas aproveché para leer, escuchar música y ver algún documental del mundo musulmán. También saqué algo de dinero en un cajero. 

Cuando quiero ver reportajes interesantes, siempre tengo la costumbre de ir directamente a Al Jazeera y esta vez vi un reportaje sobre los camioneros marroquíes que salen de Agadir en dirección a Senegal, pasando por las peligrosas arenas del Sáhara Occidental y Mauritania. Sin apenas dormir, con unas condiciones pésimas y un calor abrumador, estos conductores recorren miles de kilómetros transportando mercancías hasta Dakar, muchos de ellos sin esperanzas siquiera de volver.

En el documental se explicaba, entre otras cosas, los problemas fronterizos derivados de las relaciones entre Marruecos y el Sáhara Occidental, un tema de máxima preocupación para los marroquíes. Esa parte del Sáhara es históricamente su asunto principal de seguridad y no consideran al Sáhara Occidental como un territorio independiente.

Paciencia como esencia del viajero

Basta con observar los mapas. Tanto los colgados en las paredes de algunos hoteles como los que se pueden adquirir en librerías incluyen el Sáhara como una parte más de Marruecos. Este vasto territorio es esencialmente desértico y está habitado por apenas 300.000 personas, pero atesora importantes reservas de fosfatos.

¿Dónde está el Sáhara?…

La administración del Sáhara occidental está controlada casi en exclusiva por Marruecos. He escuchado grandes críticas al papel del Frente Polisario, los revolucionarios saharauis, como una “organización mafiosa que se dedica al tráfico de drogas”. Hoy en día el Sáhara Occidental es uno de los pocos territorios no autónomos que quedan en el mundo tras el proceso de descolonización.

Hace un par de años, la empresa sueca Ikea intentó abrir una tienda en Marruecos, pero se encontró con dificultades. El país nórdico, que se hallaba inmerso en un proceso legislativo para reconocer a los saharahuis, tuvo que modificar su posición para que su empresa pudiera instalarse. Contradicciones e intereses de la política internacional. Algo que me llamó la atención fue una versión marroquí, llamada Kitea, que pretendía emular los servicios de la multinacional sueca.

Fotografia extraída de kitea.com

El contencioso saharaui sigue en pie en la actualidad y es uno de los responsables de las malas relaciones entre Marruecos y Argelia. No existen vuelos directos entre estos países vecinos. Desde Marruecos, por ejemplo, se percibe a los argelinos como personas más violentas. Ideas generadas por una disputa histórica cuyo origen no es en absoluto el Sáhara Occidental –Argelia apoya en la sombra al Frente Polisario-, sino que sus raíces son mucho más antiguas.

Norte y Sur

El Sáhara, sin embargo, queda muy lejos de la realidad norteña marroquí. Lo que se considera el norte de Marruecos es el territorio del actual reino que perteneció a España, mientras que el protectorado francés se ubicó en el centro y el sur. Esencialmente, Marruecos ha sido una colonia francesa en la que España intentó jugar sus cartas, pero con menos éxito. Sin lugar a dudas –y sin apriorismos innecesarios-, este viaje ha sido un descubrimiento en ese sentido: el observar y analizar las herencias y las disputas de los colonialismos francés y español.

Mirador tangerino

Estas diferencias se observan en muchos aspectos como la comida, el carácter, el clima, la Medina, la arquitectura, el turismo y el paisaje. Mis recuerdos de Marrakech y el desierto de hace dos años me dibujaron una realidad marroquí diferente. El ‘sur’, aunque geográficamente se sitúa también en el medio de Marruecos, lo recuerdo mucho más francés y árido, con los habitantes más pesados y con muchas infraestructuras turísticas. Con una dieta diferente y con mucha presencia de piel y haimas. Y, de alguna manera, también más anárquico y menos desarrollado.

El norte, sin embargo, es muy diferente. Desde la perspectiva marroquí norteña se ve al sureño como una persona diferente, al igual que pasa en otros países del mundo. “Los del sur siempre enfadados, nosotros tranquilos” o “la colonia española fue diferente”, comentaban algunos. Había un paso enorme entre Tánger y Larache, ciudades parecidas entre sí, y Rabat, mucho más alejada de ese espíritu norteño.

Intentaba asimilar estas marcadas diferencias geográficas y sociales. Inevitablemente establecía paralelismos con España: las simplificaciones me ayudaban pero en muchos casos eran inútiles. De alguna manera, el norte de Marruecos y el sur de España se parecen, sobre todo por una cuestión eminentemente geográfica: comparten las bondades del mar Mediterráneo.

Un constante sol radiante

Aun así, con una visión más global, el norte de Marruecos se podría asemejar al norte de España. Es decir, más verde, lluvioso y menos caluroso, y con gente más fría. En el sur, en cambio, las temperaturas son más elevadas y el paisaje es mucho más árido.

Tánger, el faro del norte

Desde la costa tangerina se puede observar España. A tan solo unos kilómetros está la costa de la península Ibérica. Hacía un día espléndido, sin nubes y con un sol radiante a principios de enero. Estábamos sentados en el famoso café Hafa –en Marruecos entendemos como café un lugar donde principalmente se consume té y se fuma hachís-, que disponía de varios pisos al aire libre que descendían en forma de escalera. El azul y el blanco, típicos colores de la arquitectura marroquí, abundaban en el edificio.

En el café había muchas mesas y sillas, lugares para sentarse y disfrutar de las preciosas vistas que ofrecía. El servicio del café consistía en dos hombres de muy avanzada edad que iban transportando los tés y vendiéndolos al momento por siete dirhams. Había grupos de gente de todas las edades y un olor a hachís incesante, lo que representa una de las costumbres marroquíes por excelencia.

Si la calidad del móvil diese la talla, se vería España

El té cuesta 7 dirhams a lo largo del país (10 dirham = 1 euro). Los tés marroquís son excesivamente dulces para un paladar occidental y te puedes llegar a tomar dos, tres o incluso más dependiendo del día. Es el clásico té verde –de origen chino- con hierbabuena y una gran cantidad de azúcar, servido en vasos o en pequeñas teteras.

Además del famoso Hafa también hay otro café muy conocido, llamado Baba, situado en la Medina. No tiene nada de especial, pero históricamente ha sido un lugar donde celebridades como los Rolling Stones iban a fumar hachís. Un té y un porro de hachís acompañado de unas preciosas vistas: algo común en los cafés.

Los Stones se sentaban acá

La Medina o ciudad vieja de Tánger es preciosa y laberíntica. Pese a su reducido tamaño, era complicado orientarse y yo me daba por satisfecho con recordar el camino que te llevaba a alguna de las dos  salidas. Además, a medida que nos adentrábamos por sus estrechas calles, la capacidad pulmonar iba decreciendo debido a las constantes cuestas. En las medinas es fácil perder el rumbo y no te das cuenta de si estás subiendo o bajando. Así que, por momentos, veías que tu habla se apagaba.

Mi consejo sería que hables poco mientras caminas por la Medina, tanto para evitar cansarte más como para evitar ser escuchado en un idioma diferente al darija. También cabe tener en cuenta el papel de la comunicación no verbal en estos lugares. Las miradas en Marruecos son más duras y penetrantes que en España, pero no significa necesariamente una confrontación; simplemente, uno tiene que ganarse bien el respeto con las miradas. El contacto es constante. A veces, cuando te agarran del brazo de manera amistosa, me recuerda a las abuelas que te están dando un sermón.

El primer día en Tánger estábamos hambrientos. Perdiéndonos por la Medina encontramos un pequeño restaurante agradable en el que servían cuscús, que por tradición se prepara los viernes. Pedimos un plato cada uno de cuscús con pollo, acompañado de una especie de bebida tropical extremadamente dulce (la coca-cola lleva más azúcar que en otros países). El precio del cuscús varía entre 30-40 dirhams y las raciones son gigantescas.

Colonias

Estábamos alojados en un hostal administrado por unos franceses bastante modernos. Era un clásico hostal marroquí, una casa reconvertida con estilo francés. Supongo también que se tratarán de expats, que son en esencia inmigrantes pudientes -que en otro contexto se llamarían simplemente inmigrantes-. Alfombras, cuadros y orfebrería árabe predominaban, pero todo tenía un toque excesivamente chic con el indisimulado objetivo de atraer turistas de todo el globo. Disponía de un vestíbulo luminoso, de algún gato suelto –domesticado- y de una terraza enorme con vistas a la ciudad, con las clásicas comodidades de este tipo de hostales.

Pasando el rato

El desayuno, sin embargo, dejaba que desear en lo que a variedad se refiere. Pan, queso, dulce y solamente un par de frutas diferentes, teniendo en cuenta lo que hay en el país. El café, como en el resto de Marruecos, es bebible pero no deseable. Y, además, el desayuno venía con mermelada en vez de con miel, copiando así el estilo francés en vez del marroquí.

Tánger, en líneas generales, me pareció una ciudad próspera. Con un millón de habitantes con el área metropolitana, constituye la quinta metrópolis de Marruecos. La oferta cultural y de ocio es grande, desde extensas playas con sus respectivos gigantescos bloques de pisos hasta bulevares donde beber alcohol y locales con prostitución. Cuentan por las calles que a los saudíes les gusta ir a estos últimos y así de paso dejan caer unos barriles.

Fui a un bar donde predominaban expats, turistas como yo o marroquíes medios, donde se podía beber alcohol, pese a las restricciones que rigen en Marruecos. Es extremadamente difícil conseguir alcohol y solamente unos pocos tienen derecho a venderlo. Y, como siempre, pese a lo que dictamina el Corán, las religiones son abiertas, variadas y poco estrictas en la realidad. Cuentan que durante las primaveras árabes, en esos momentos de anarquía, los marroquíes atracaban los lugares prohibidos: aquellos con reservas de alcohol.

Cerveza marroquí

 

Desde principios de los años veinte del pasado siglo, la ciudad tenía un notable carácter internacional debido a que ejercía de protectorado para países como Portugal, Francia y España. Es decir, tenía un carácter único en el país, siendo el único protectorado internacional compartido por varios países. La ciudad permaneció en manos extranjeras hasta 1956, cuando Marruecos proclamó su independencia de Francia y España, que controlaban el norte y el sur del país respectivamente.

 

Fuente: wikipedia

Darija

El árabe es una de las lenguas más habladas del mundo, con unos 300 millones de hablantes. Para los que provienen de lenguas latinas o germánicas, el árabe es un auténtico jeroglífico. Cada vez son más los occidentales que se interesan por esta lengua, que recorre desde Marruecos hasta el Medio Oriente. Como leí una vez, el árabe es la lengua de los desiertos.

Como en todas las otras lenguas existen también dialectos. En Marruecos hablan una variante del árabe llamada darija o dariya, que significa dialecto en árabe, y a veces también conocido como magrebí. Una vez un iraquí me dijo que lo que hablaban en Marruecos no era árabe, sino francés con toques de árabe. Dudé. Más bien diría que es al revés: una mezcla de árabe con francés y amazigh, la lengua de los bereberes.

Árabe arriba, amazigh abajo

Así pues, en Marruecos tienen grandes dificultades para entender la lengua del Líbano o Arabia Saudí, lugares donde se habla un árabe mucho más clásico. El darija marroquí es una lengua coloquial sin una institución lingüística que la respalde. No tiene una ortografía estandarizada. En la lengua informal se escribe mediante letras y números y con pocos tiempos verbales.

El árabe clásico y el árabe magrebí son sumamente diferentes. En las escuelas y en la televisión, el árabe clásico es la lengua de comunicación, pero no así en el ámbito privado. La mala calidad de las instituciones educativas en Marruecos es una lacra para el país, que ahora tiene una tasa de alfabetización inferior al 70% y se sitúa en una de las peores posiciones en el mundo árabe.

Por suerte, mi compañera de viaje dominaba el darija ya que vivió muchos años en Marruecos. Yo simplemente asentía junto a mi uniforme marroquí: chándal, gorra y zapatillas deportivas. Acompañado de una barba incipiente y unos orígenes lejanos seguramente mixtos, mi mimetismo se hacía efectivo. Me camuflaba en la estética. Aprendí lo justo del darija que se basaba en wuaja (vale), yala (tira para allí), shukran (gracias), salam (hola), slama (adiós) y una mano en el pecho como gesto de fraternidad.

Mestizaje

 

Sigue leyendo la Segunda Parte…

 

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