Diario de un Barrioviajero: Marruecos profundo (parte 2)

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Caminos

En la vida, como en los viajes, lo importante realmente son los trayectos. Cavafis dice que lo importante es el camino, no el destino. Por lo tanto, el destino es el camino y viceversa. Esos momentos en los que uno viaja para llegar a algún lugar, sobre todo en la versión mochilera de viajar, constituyen la esencia. La cantidad de anécdotas que pueden llegarte a pasar son infinitas.

Aproximadamente 90 kilómetros separan a Larache y Tánger, traducido en una hora en coche y en una hora y media en autobús, con opciones por carretera nacional o por autopista. Se ha de tener en cuenta que la conducción en Marruecos es bastante complicada si se viene de un país occidental. Hay algunas carreteras que no están precisamente en el mejor estado y las leyes de la conducción son relativas. Apenas existen semáforos y los adelantamientos peligrosos son bastante frecuentes.

Aun así, nada importa cuando se viaja si se quiere ser local: uno tiene que adaptarse sea como sea a las circunstancias. A la ida decidimos ir en autobús, que costaba unos 30 dirhams e iba por la autopista en buen estado. A la vuelta, tomamos el coche y nos ajustamos siete personas, cuatro atrás y dos delante, sin sumar el conductor. Me tuve que poner al lado de un hombre –dejándolo en la puerta- para evitar que se pusiese al lado de las dos chicas para que no las tocase.

Listos para lo que venga

El viajar en transportes apretados, carreteras en mal estado y con conducciones temerarias es un clásico cuando se sale de Occidente. Pero sin lugar a dudas es una experiencia a la que se le coge cariño fácilmente. Sin ir más lejos, mi madre viajaba a Andalucía con un 600 desde Barcelona y eran seis personas.

Antes de entrar al bus para ir, entraron dos hombres vendiendo cacahuetes y pañuelos. En todos los rincones de Marruecos siempre hay alguien que intenta vender algo. Sea lo que sea. La actividad del mercado se reproduce en todas las esferas de la vida pública y privada. Y recordemos: en la cultura del regateo el precio real no existe y el Corán hace apología del hecho de negociar.

Uno de los productos que más se compran son los cigarrillos y los pañuelos. Estos últimos te pueden salvar en más de una ocasión si te entra un apretón viajero. Conozco poca gente con el valor de defecar en un lavabo de un típico café marroquí. No hay ni papel ni váter. Solamente un agujero y un grifo con un cubo. Así que haz volar tu imaginación o tendrás que ir corriendo a buscar un lugar para ir al baño que difícilmente encontrarás. La tensión del apretón viajero te hará inspirarte. Por suerte, durante los trayectos no apareció ninguno. Y se llegó sano y salvo a Larache.

En Marruecos, además, se palpa uno de los grandes caminos contemporáneos o, mejor dicho, una de las principales rutas migratorias del mundo. Desde los miradores de Tánger se contempla España, el destino de miles de personas que van desde África hasta Europa pasando por Marruecos. El Mediterráneo, pese a su buena fama de vida y gastronomía, se convierte en un territorio muy peligroso para aquellos que lo quieren cruzar. En uno de los buses que tomamos vimos a un grupo de senegaleses que iban en dirección al norte: seguramente ese era su propósito.

Pescado en Larache

Desde Tánger dicen que en Larache desayunan sardinas. Existe una curiosa disputa entre ambas ciudades, en las que la primera emerge como urbanita, rica y cosmopolita, y la segunda como rural, quinqui, pobre y pescadera. Pregunté a un sevillano que vive en Larache desde hace diez años acerca del rumor de las sardinas: “A veces. En verano, para empezar el día tomamos una sardinitas”, explicaba. Dicen, también, que en Larache se puede encontrar el mejor pescado y el mejor marisco de Marruecos.

Obviamente aproveché esas ventajas. En esa ciudad del norte marroquí la costa atlántica les provee de una gran cantidad de comida. Conforme te vas acercando al centro de la ciudad vas percibiendo un olor a pescado a la brasa. Al llegar al mercado principal, uno de los centros neurálgicos de la ciudad, se pueden observar las parrillas donde cocinan el pescado y el marisco, así como el mercado donde adquirir otros alimentos. Un ambiente agradable acompañaba el paseo por Larache, muy diferente de Tánger, además de menos masificado y menos orientado al turismo. Más pueblerino: todo el mundo sabe de todo el mundo. Un turista convencional no escogería esa ciudad.

Gran variedad recién pescada

Después del paseo compramos pescado y marisco variado en el mercado (1 kilo de gambas nos costó un euro y medio) y fuimos al restaurante donde lo cocinan, con opciones a la brasa o frito. Se trataba de un lugar muy familiar. Junto a un refresco, un cocido de garbanzos y unos grandes trozos de pan disfrutamos de una comida gourmet con un precio módico.

Poniéndonos rufinos

Tras las abundantes comidas marroquíes se suele hacer algún tipo de siesta o se descansa acompañado de un té. Me intentaba imaginar el ramadán en un país musulmán. Tras horas de ayuno, por la noche se empieza el ritual con dátiles y la sopa harira, uno de los platos nacionales. Durante esa época del año la actividad cambia del día a la noche. En las horas de luz, el mal humor predomina; a las tres de la mañana, la gente celebra y reza.

Un paseo por la azulada Medina de Larache hizo bajar la comida, teniendo la oportunidad de contemplar el mercadilleo que ofrece la ciudad, en los que en una de las plazas centrales destaca una gran presencia de antenas parabólicas. Si algún día paseas por el Empordà y ves antenas en los edificios, da por sentado que es un lugar donde hay marroquís.

Las famosas antenas parabólicas. Cada uno se sintoniza lo que desea.

Las peculiaridades marroquíes son muchas. En general, la música siempre suena alta allá donde vayas. No hablo del canto al rezo al atardecer, sino de esos altavoces con música de Algerino, Muslim, Soolking e incluso Ozuna o los Gipsy Kings que suenan en cualquier lugar, acompañados de jóvenes vistiendo chándales del Paris Saint-Germain y llevando peinados espectaculares. La cultura del hip hop francés parece ser el principal encargado de dictaminar las modas de los jóvenes magrebíes.

Las llamadas a teléfonos móviles son muy frecuentes. En sus ratos libres, los marroquíes se llaman constantemente para preguntarse cómo están. Cabe decir también que no es una cosa exclusivamente marroquí, sino que lo he visto en otras culturas. De alguna manera, esta herramienta, nueva en su cotidianidad, emerge como baluarte de la tecnología y otorga un estatus social. En Occidente, la sensación es diferente y la gente es cada vez más reacia a coger el teléfono para atender las llamadas. Un simple mensaje a nuestro dispositivo se convierte en el sustituto.

En Larache tuve la suerte de conocer a mujeres marroquíes liberales educadas en los colegios españoles que hay en Marruecos. Un total de doce colegios componen el panorama de la españolidad, lo que lo convierten en el país con más colegios españoles del mundo fuera de España. Estos son, simplemente, escuelas –públicas para españoles y de coste para marroquíes- donde se educa en español.

El horno donde se hace el pan, con cartel en lengua española también

Los colegios extranjeros son una oportunidad para las familias de conocer otra cultura (un idioma y una manera de pensar) y representan un motor de avance social para los que asisten, a la vez que un motivo de segregación para los que no pueden permitírselo. Esto no quiere decir que las familias que asisten a este tipo de escuelas sean siempre pudientes, pero en general son conocedoras de los valores liberales de las clases medias.

Conocer a gente que va más allá de los estereotipos que nos imaginamos es siempre bien recibido. Muchas mujeres marroquíes tienen muchas cosas que decir al mundo y esa identidad partida ayuda a entender otra realidad. Críticas con el papel de la religión, de la mujer y de la sociedad marroquí en general, la cual, según sus voces, se puede convertir en una esclavitud: casarse y dedicarse toda la vida a cuidar a los hijos y trabajar para el hogar. También me explicaban que en Marruecos estaba habiendo un retroceso de los valores y la sociedad se estaba haciendo más conservadora, además de la creciente influencia de las teleseries turcas.

Iglesia católica en Larache

Rabat y la monarquía

Hace unos dos meses fue inaugurada la nueva línea de ferrocarril que conecta Tánger con Casablanca, y que hace parada en otros lugares como Rabat, nuestro próximo destino. Macron asistió ese 18 de noviembre a la presentación de la nueva vía marroquí, la más rápida de África, pues alcanzan los 350 km/h. Los nuevos TGV han llegado a Marruecos para conectar a dos de sus principales metrópolis.

Inicialmente pensé que la inversión era cosa o bien del petróleo saudí o del poderío chino, e incluso me llegaron rumores de que se había hecho con material de calidad. Finalmente, los franceses habían sido los encargados de la construcción, de un coste de unos 2.000 millones de euros. De ahí que Macron apariciera posando.

El tren funcionó a la perfección. En menos de una hora y media nos plantamos en Rabat desde Tánger, por 130 dirhams (13 euros). Tuvimos un pequeño percance con la asignación de los asientos, lo que provocó un pequeño tumulto en nuestro vagón ya que nadie parecía estar sentado en el lugar que le correspondía. A veces se cambia la infraestructura, pero no las costumbres. El cambio en la mentalidad de la gente es una cuestión que toma su tiempo.

En la estación Agdal de Rabat se notaba un ambiente muy diferente. La arquitectura era muy moderna. Todo era más nuevo y señorial, la gente era aparentemente más educada. Las mujeres iban desplegando su largo y precioso pelo. Algunos hombres trajeados y con maletín. Tomamos un petitaxi –un pequeño taxi azul que abunda en Marruecos y que cuesta aproximadamente 10 dirhams por trayecto que nos dejó en la zona amurallada cercana a la Medina, el Kasbah.

Estación de trenes de Rabat Agdal

Comimos en un pequeño café enfrente de la playa y tomamos un té. Se escuchaba algo de inglés de jovenzuelos que iban a surfear por esa zona, acompañados de modernos buenos rollistas marroquíes con una estética diferente. Un enorme cementerio rodeaba la península donde nos situábamos.

Playa en Rabat

Tras el Kasbah visitamos la Medina de Rabat, más pobre y sucia que las de Larache y Tánger. Mientras que el resto de la ciudad mostraba modernidad, la Medina estaba mucho más degradada y no destacaba por su encanto. Por la noche, cuando íbamos hacia el barato hotel donde nos alejamos, el panorama fue más desolador; más suciedad y más gatos callejeros. Además, se trataba de una Medina más pequeña y menos laberíntica.

En otros de los centros de la ciudad se encuentra el Mausoleo de Mohammed V, el abuelo del ahora presidente Mohammed VI. Se trata de una enorme explanada con estatuas y edificios, en las que hay una torre, una mezquita y el mausoleo. Este último se encontraba en un lujoso edificio, con cuatro guardias a la salida y cuatro dentro. Me imaginaba la clásica seriedad de las guardias reales, que hacen más una actuación que cualquier otra cosa, pero estos tenían un toque más amigable e incluso se reían y se guiñaban el ojo si veían alguna chica que les gustase. Además, junto a la tumba había un imán que rezaba. Multitud de gente observaba. Algún turista, gente marroquí y una poderosa señora acompañada de un guardaespaldas.  

Caminando por el complejo

En Rabat dicen que todo el mundo trabaja para el rey Mohammed VI, heredero de Hasán II. En 1999, cuando heredó el poder, inició ciertas reformas, que aumentaron con el estallido de las Primaveras Árabes, en las que las críticas al Makhzen –algo así como el poder oculto del estado marroquí- se hacían cada vez más notables y crecían las demandas de democracia. En 2011 hubo una reforma constitucional, que sustituyó a la anterior de 1996, y que introducía cambios como la creación de la figura del primer ministro.

Fotografía extraída de Atlántico Diario

Mohammed ha demostrado ser más liberal que sus antecesores en muchos aspectos, más allá de sus pomposos vestidos. Su exmujer y madre del heredero Moulay Hassan, Lalla Salma, es bien conocida en el mundo árabe por ser una mujer fuerte y con carácter –algo conocido en la sociedad marroquí- y por no llevar nunca velo.

El paseo por Rabat continuó hasta la estación central de la ciudad, donde habíamos quedado con una amiga. Signos de desarrollo y occidentalismo se palpaban. En primer lugar, tomamos un zumo de naranja en un café al estilo francés, a la vez que observábamos grafitis de gran tamaño como símbolo de modernidad underground. Grandes avenidas acompañadas de un tranvía y una agradable rambla mostraban otra realidad marroquí.

Grafitis en Rabat

Tanto en la música que sonaba en los lugares como en los carteles los comercios, el francés se hacía mucho más presente. Los peinados emulaban al afro francés y los chándales y las nike eran sustituidos por pantalones tejanos y zapatos. Es decir, se notaba la presencia de una clase media juvenil marroquí emergente educada con otros valores. Estuvimos en una librería en Rabat donde predominaba la lengua francesa, el mecanismo de acceso a la globalización y a la modernidad.

 

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