Diario de un Barrioviajero: Atenas y el camino del refugiado (parte 1)

Diario de un Barrioviajero: Atenas y el camino del refugiado (parte 1)

Este diario está dedicado a los refugiados y a los voluntarios que hacen que la ONG Project Elea siga viva.

This travel journal is dedicated to both refugees and volunteers that make possible Project Elea.

 

Un camino por Atenas y por sus submundos. Cotidianidades barrioviajeras en realidades diferentes e historias de supervivencia. Reto para los años venideros. 

 

ÍNDICE

Parte 1

1) Respirar el aire griego

2) El campo de Eleonas

3) Voluntariados

4) Caos en Atenas

Parte 2

5) Historias de supervivencia

6) Dulce navidad

7) Barbacoas en Irán

8) Omonia y los barrios deprimidos

9) Baile, música y diversión

10) Paradoja(s) del refugiado

Consejos para el voluntariado

Consejos para Atenas

1) Respirar el aire griego

 

Respiré el aire griego por primera vez a las 16.30. Unos 12 grados de temperatura en pleno diciembre. Resultaba agradable. Había una sensación de ligero descontrol, que se hacía evidente en el abarrotado autobús dirección al centro de la ciudad, el cual conseguí por tres euros gracias a mi carnet de universidad caducado; aunque de haberlo sabido no hubiese pagado. A las afueras de Atenas abundaban los negocios cerrados, como los concesionarios y las tiendas de ropa.

Un tono gris y descuidado inundaba los edificios, acompañado de variados y coloridos grafitis, que decoraban la metrópoli junto a sus históricas construcciones de la época antigua. El tráfico resultaba anárquico, diferente al de cualquier ciudad supuestamente ordenada y occidental, aunque resultó fácil acostumbrarse. Cuando comencé a caminar por sus calles pensaba inevitablemente en las novelas del greco-turco Petros Markaris. Este distinguido escritor de la Grecia decadente detalla a la perfección el día a día de un país sumido a la depresión, al caos y a la miseria económica; las nociones de Markaris nos fueron acompañando (a mi colega y a mí) a lo largo de la experiencia.

Una vez en Plaza Síntagma, centro neurálgico de la ciudad, un hombre moreno me pide el móvil -con mucha educación- para hacer una llamada. Después de vacilar cinco segundos, voy a dejárselo sin miramientos. Pero justamente en ese momento aparece un amigo suyo que viene a recogerlo, ya que el hombre venía del aeropuerto y no podía hacer llamadas. Esa fue la primera toma de contacto con la realidad ateniense, donde la sensación de seguridad no es muy alta: ¿dudé por el color de piel?

Mientras nos acercábamos a Omonia (lugar donde nos hospedábamos), uno de los barrios céntricos de la ciudad, la atmósfera iba cambiando repentinamente. El cierto esplendor de la Atenas moderna de la Plaza Síntagma desaparecía. En nuestro camino un hombre mayor nos preguntaba a dónde nos dirigíamos. Amablemente y tras soltar las típicas frases en español, nos indicó la dirección. Antes de irnos, sin embargo, se volvió a acercar, pero esta vez advirtiendo de los peligros de Omonia. Con un particular movimiento de dedos –que jamás olvidaré- haciendo referencia a los alrededores de la plaza de Omonia, nos dijo que tuviésemos cuidado que había mucho ladrón, remarcando a los albaneses y a los turcos como principales artífices.

Estación de metro de Omonia. En mayúsculas, en griego.

Unas horas atrás en el avión leía un libro que hablaba precisamente de eso, de cómo los griegos se llevan mal con los turcos y los albaneses (y con otros más como los macedonios). Las raíces históricas están presentes muchos años atrás, pero especialmente datan en la Primera Guerra Mundial y en el fin del Imperio Otomano. Especialmente, turcos y griegos tienen una relación históricamente conflictiva. Ambos países tuvieron disputas bélicas por la isla de Creta en 1897 y con el fin del legado otomano entre 1919 y 1922. Hoy en día, la isla de Chipre, dividida en dos mitades, sigue siendo también un asunto candente. En líneas generales, la historia que concierne a la historia turca y griega me resulta de lo más interesante. Los griegos herederos del Imperio Bizantino y los turcos provenientes del Asia Central crearon una realidad única entre el Mar Mediterráneo y el Mar Negro, el gran puente de civilizaciones. Bizancio pasó a llamarse Constantinopla, y Constantinopla pasó a llamarse Estambul. 

Llegamos al barrio y esperamos a Panagliotis, el hombre que nos alquilaba la habitación, que no llegó puntual, como la gran mayoría de cosas en Atenas. En la puerta del edificio estaban esperando una pareja de argelinos con dos niños y un yemení que les ayudaba, acompañados de una chica vasca que hacía de intermediaria. Tenía hambre y fue a pillar algo para merendar. Seguidamente apareció la policía. Omonia es un barrio donde hay muchas drogas, robos y prostitución, y por lo tanto la policía hace registros constantes. Nos pidieron documentación y nos preguntaron de donde veníamos. Al decir España no pasó nada, y seguidamente escribieron nuestro nombre y pasaportes en una libreta, de una manera un poco rudimentaria.

Los policías, de gran tamaño y tono vacilante, parece ser que acudieron a la llamada del conserje del edificio, que había alertado acerca de la presencia de extraños en el portal. Según Petros Markaris, la extrema derecha en Grecia, representada en el partido neonazi Amanecer Dorado, está muy presente en varios sectores de la sociedad, como en la policía y los cuerpos de seguridad. El yemení, que también venía de Lesbos pero que llevaba en el barrio un tiempo, dijo que por la zona había mucho alibaba (ladrones en árabe). Alcanzamos la habitación, que formaba parte de un cutre apartahotel, sin cocina y con unas comodidades muy básicas. La familia de argelinos pagó en mano por vivir en la habitación durante un mes, intentando regatear para dejarlo en menos dinero. ¿Qué supone pasar de un lugar tan inhumano como Moria a una habitación?

Tras asentarnos fuimos a Exharquia, donde tomamos unas cervezas. Me llamó la atención el sistema de recogida de las botellas de vidrio; era curioso, consistía en dejarlas en el suelo para que un mendigo las recogiese y saque un céntimo por cada una de ellas. En la plaza de Exharquia, centro del barrio, comenzaron unas pequeñas hogueras. Sí, en medio de la ciudad. Nos acercamos a ver hipnotizados por el fuego y entablamos conversación con dos jóvenes kurdos sirios. A uno le habían dado el pasaporte recientemente y a otro se lo iban a dar en unos meses. Estaban bastante contentos y colaboraban con organizaciones de refugiados. Los dos hablaban español y hablaban muy bien de España; les encantaba Barcelona y Madrid y decían que los españoles son muy solidarios. Uno de ellos sabía siete idiomas: farsi, árabe, griego, inglés, castellano, kurdo y alemán. Poco a poco uno se iba dando cuenta de la importancia de saber idiomas para relacionarse y avanzar socialmente.

Luego de eso estuvimos paseando por Atenas. Primero por Omonia y su gigantesca plaza, luego por Monastiraki y por Kerameikos, una zona de discotecas con una plaza que queda cerca del campo de refugiados. Allí nos reunimos –antes de empezar el voluntariado en sí- con un grupo de refugiados, principalmente afganos e iraníes y un sudanés, que me estuvo explicando la situación de su país. Sudán del Sur se había independizado de Sudán, constituyéndose como el Estado más joven del mundo y me explicó que era muy reduccionista basar el conflicto en una cuestión meramente religiosa. También había un grupo de voluntarias estadounidenses. Tomamos unas cervezas en la plaza y luego fuimos a una discoteca de gente guapa. Éramos un grupo de unas 15 personas pasando el rato en un moderno lugar, sin causar problemas. Hasta que de repente, a unos afganos que querían entrar con posterioridad, les denegaron la entrada argumentando que la sala estaba llena.

Atardecer en Exharquia

Y evidentemente no lo estaba. A raíz de estos hechos salimos todos de la discoteca, en la que los afganos, muy dolidos por ese ataque a su identidad, se enfrentaron verbalmente a los porteros griegos. Los afganos hablaban mucho mejor inglés que los griegos. A los dos minutos aparecieron dos tipos gigantes, con aspecto neonazi, para intentar “calmar” la situación, y al minuto llegó otro cabeza rapada. Sorprendió ver la organización de cierta sociedad griega para repeler a unos refugiados que estaban simplemente pasándoselo bien. Los refugiados no pueden entrar a muchos lugares.

 

2) El campo de Eleonas

 

El segundo día fuimos al campo de refugiados, que se encuentra a unos veinte minutos caminando del centro, en una zona industrial. También se puede ir en metro o en autobús. Es el primer campo construido en Atenas y en la Grecia continental y es conocido por ser uno de los mejores en cuanto a condiciones. Al entrar tienes que registrarte por primera vez como voluntario, mostrando tu pasaporte. Seguidamente tienes que firmar cada día en la entrada, aunque realmente el registro diario se basó en un “me suena tu cara y te dejo pasar”. Los funcionarios griegos aburridos nos dejaban pasar fácilmente, solamente diciendo Elea (el nombre de la ONG) ya era sufíciemnte. Se observaba un ambiente de dejadez generalizado en la función pública griega.  

De acuerdo al ACNUR, “los refugiados son personas que huyen de conflictos armados o persecución. Para finales del 2015, había 21,3 millones en el mundo. A menudo, su situación es tan peligrosa e intolerable, que cruzan fronteras nacionales para buscar seguridad en países cercanos, y así, ser reconocidos internacionalmente como “refugiados”, con asistencia de los estados, el ACNUR y otras organizaciones. Ellos son reconocidos precisamente porque es demasiado peligroso para ellos el regresar a casa, y necesitan asilo en otros lugares. Estas son personas, a quienes negarles el asilo, puede traerles consecuencias mortales.”

El campo tiene capacidad para unas 1500-2000 personas y en estas épocas está prácticamente al completo, de las cuales un tercio son niños. Hay  tres áreas diferenciadas. La entrada y la zona 1, que es espaciosa pero con menos viviendas. La zona 2, que es la más densamente poblada. Y la zona 3, la más descuidada y antiguamente separada. Dentro del campo hay varias carpas grandes para realizar actividades y un campo de fútbol. La gente vive en bungalows de dos habitaciones y un baño. Además, hay bungalows que sirven para guardar material u otras cosas y actividades. Por ejemplo, hay un bungalow que es una oficina para la asignación de ropa y otros que son propiedad de la ONG en la que participé, Project Elea. Otros pertenecen a Naciones Unidas y a  la Unión Europea.  

Los residentes del campo, dentro de sus limitaciones, pueden emprender y tener sus pequeños negocios. Hay lugares donde tomar cafés, comidas como arroces y falafel y otro tipo de productos a precios módicos, entre 1 y 2 euros. Cada uno se gana la vida como puede y tener un negocio significa renunciar a espacio, teniendo en cuenta el limitado tamaño de los bungalows. También hay calles que tienen una decoración especial, como la Green Street, con una delicada muestra de jardinería.

Dentro del campo hay muchas nacionalidades, no solamente sirios como todo el mundo se piensa. La mayoría son afganos y sirios, pero también hay iraníes, iraquíes, palestinos, pakistanís, sudaneses, malíes, guineanos, congoleños, marroquíes y  libaneses, entre otros. Se pueden observar muchas diferencias entre los refugiados, marcados por aspectos geográficos, sociales o religiosos. Pese a que hay un sentimiento de solidaridad colectiva entre todos los refugiados, existen también muchas diferencias entre ellos y algunos tienen más facilidades para salir adelante. Por ejemplo, los derechos de asilo dependen en gran medida de si tu hogar está formalmente en guerra. En este sentido, Alemania tiene una lista de países prioritarios a los cuales permite tramitar el asilo con mucha facilidad. 

Vía Edmaps: ruta de los refugiados en el año 2015. Aun sigue en pie.

La sensación, tras el primer día, es que todo depende de un papel llamado pasaporte. La nacionalidad es oro. Para muchos es una ventaja, para otros es una esclavitud. Teóricamente, la función del campo es proveer de vivienda temporal a gente que ha tenido que huir de sus casas, y por ende, estar en un estado de espera eterna hasta que llegue una respuesta que te diga que puedes hacer. La burocracia en Grecia es lenta y desesperanzadora, y el próximo papel que tengas, sea un permiso de trabajo o un pasaporte europeo, será la luz que ilumine.

 

Voluntariados

 

El principal papel de Project Elea, la ONG que gestiona el voluntariado, es dinamizar, entretener y ofrecer aprendizaje en diferentes materias. Elea es la encargada de dar vida al campo, organizando las actividades del día a día, que se realizan de 14:00 a 21.30 aproximadamente, y que se basan en clases de inglés, karaoke, guardería, servicio de ropa y demás. Los voluntarios, por tanto, se apuntan diariamente a las actividades ofrecidas y participan en ellas. El papel de los voluntarios depende del esfuerzo y la voluntad que uno se ponga.

Hay diferentes tipos de voluntarios. En primer lugar, los que normalmente vienen de países occidentales; y en segundo lugar, aquellos que son refugiados del propio campo o de otros lugares. Estos últimos son imprescindibles. La autoridad moral que pueda tener un occidental es mínima en comparación a la de un voluntario afgano, que habla darí y conoce la cultura.  En general, son jóvenes que aprovechan el voluntariado para conocer gente, ampliar ideas y aprender idiomas. Todos los que participan en el voluntariado hablan o comienzan a hablar inglés. La mayoría de estos voluntarios eran persas o afganos, además de algún kurdo, iraquí o sirio. En general, no había problemas entra las dos principales comunidades, sirios y afganos, o resumiendo árabes y descendiente de los persas. 

En general me impresionó el papel del inglés -y siento repetirme- como lengua globalizadora. Todos quieren aprender inglés o alemán. También hay algo de interés en otras lenguas como español o francés, y poca pasión por el griego. Muchos de los refugiados no quieren quedarse en Grecia aunque consiguiesen los papeles. Grecia ofrece bondades como el clima, la dieta y el ambiente, pero a nivel de avanzar socialmente y laboralmente genera pocas esperanzas, y los refugiados buscan países donde empezar una nueva vida, que son en general los países del norte de Europa.   

En el campo hay mucha actividad. Siempre hay niños dando vueltas, carros pasando constantemente y gente paseando. Pero lo cierto es que la mayoría de gente no sale mucho de casa y no participa en las actividades que se ofrecen. Muchos están hartos o deprimidos y apenas salen de casa.   De vez en cuando se ven situaciones esperanzadoras, como cuando una familia se despidió del campo porque había conseguido los papeles para Alemania; hubo una emotiva despedida. Un futuro les espera en otro país. Sin embargo, había gente que a pesar de tener los papeles sigue en el campo debido a otros condicionantes. ¿Qué pueden hacer? me preguntaba. Aunque puedas conseguir los papeles, la vida no está necesariamente resuelta.

Durante mi primer día estuve haciendo el servicio de ropa, que consistía en que la gente pasaba a recoger la ropa que necesita mediante una cita dada un mes antes. Una vez llegan, pueden escoger una prenda para cada parte del cuerpo, una vez al mes, para cada miembro de su bungalow. Era difícil de gestionar debido a que no se puede ejercer un control tácito y hay una barrera lingüística y cultural, pero aun así, funcionaba bastante bien. Unas señoras griegas me advertían, con un pronunciado mal humor, que debía estar al tanto porque las mujeres cogían más ropa de la que debían. Pero ¿qué debía hacer?

 

Caos en Atenas

 

En el cristianismo el domingo es el día de descanso y en Elea era el único día en el que no se trabajaba. La religión ortodoxa es la dominante en Grecia, con 10 millones de creyentes, lo que constituye el 90% de la población.Hay una gran cantidad de iglesias ortodoxas en la ciudad. Mucha gente cuando pasa por delante se santigua.  El cristianismo ortodoxo siempre me ha producido una gran curiosidad a raíz de mis viajes a Europa del Este. Recuerdo una frase de Kaplan que hablaba que la principal función de las iglesias ortodoxas era reforzar la identidad de sus países para “diferenciarse” de Occidente y hacer más duro su carácter eslavo. Pero ni todos los eslavos son ortodoxos ni todos los ortodoxos son antioccidentales. Una religión es, por ende, una manera de articular un orden social; todo está influenciado: valores, política, economía.

El choque de civilizaciones intenta mostrar una confrontación entre el mundo eslavo, ortodoxo y más oriental y dependiente del clan y la familia, y el mundo occidental, que había abrazado los valores del humanismo y la ilustración, es decir, la democracia. Según muchos intelectuales americanos, la religión ortodoxa, con sus implicaciones en la vida privada y la política, hace prácticamente irreconciliables a ambos mundos. Esta ruptura de religiones radica hace mil años atrás, cuando se produce el Cisma de Oriente en el año 1054, separando a ambas iglesias. Para seguir con el ritual folkórico, me compré un komboskini de recuerdo, un rosario griego. Era muy común en Atenas ver a gente pasear con uno de esos cordones para rezar por la calle.

Seguidamente estuvimos paseando por Omonia y luego por Exharquia. El ambiente era agradable. Eran las 14.00 y ya comenzaba el fuego en la plaza, a la vez que te ofrecían droga a cada paso. Según recuerdo, la marihuana albanesa iba más cara que la griega. Había un pequeño mercadillo donde adquirir libros en griego, comida y alguna cosa más. Comimos arroz afgano por un precio económico en un restaurante donde la gente consumía shisha y fumaba (en Grecia está permitido fumar dentro de los locales). En Exharquia la legalidad es relativa. Es un barrio contestatario donde las leyes estatales no se cumplen. Dentro del orden social que se respira hay varios aspectos curiosos, como la gran cantidad de vendedores ambulantes de tabaco o la múltiples casas okupas. Es un barrio que combina muchas cosas: un carácter antisistema, un lugar de acogida de inmigrantes y una intelectualidad bohemia.

Hogueras en el barrio

Creo que debe ser el barrio con más densidad de grafitis del mundo. Hay tiendas de música a tutiplén. Es un barrio donde no va la policía y cada semana hay disturbios entre los cuerpos de seguridad y los cócteles molotov. Mini guerrillas anarquistas griegas detienen los pasos de la policía. Un desagradable gas pimienta permanece en las calles tras las reyertas, que si no estás alerta puede provocarte un pequeño desmayo o escozor en los ojos. En Exharquia, como me dijo un amigo que se había desmayado dos veces debido al gas pimienta, protect yourself.

En Exharquia hay un bonito mirador llamado Lofos Strefi desde el que se puede contemplar a toda Atenas, y que tan solo se encuentra a diez minutos de la plaza principal del barrio. Un día eran las cuatro de la mañana y bajábamos un grupo del mirador, y de repente escuchamos música muy alta. Se estaba celebrando una macro flat party  en un supuesto piso okupa y realmente había muy buen ambiente; entramos un rato. Otra cosa que me llamó la atención en Exharquia fueron los bares, ya que muchos de ellos se encuentran en el segundo piso.

Una noche en Exharquia una mujer griega, sentada en un banco contemplando el fuego rodeado de bereberes argelinos, se puso a hablar conmigo. “Europa estaba perdiendo su poder en el mundo y que apenas tenía futuro. Los árabes tienen el petróleo y por tanto dominan. Mira los rascacielos de Dubai, ejemplo del progreso del petróleo.  Grecia, sin embargo, está sumida a la miseria, no hay trabajo y el estado está corrupto y fallido económicamente”. La mujer me reiteró, al igual que los refugiados, que hacer un voluntariado en Grecia no es lo mismo que vivir en ella. Le estuve dando vuelta a esa rotunda y cierta afirmación.

Los frappés, un café espumoso con hielo, llevan años desterrando a los cafés tradicionales griegos, cuestión que pone de los nervios a Markaris. Había mucha gente tomándolo y probé uno. No estaba nada malo, aunque con el frío que hacía fue una mala decisión.

Recuerdo un día con un agradable sol invernal. íbamos a quedar con unas amigas kurdas. En esa tarde visité el monte Likavetus, cerca de una de las zonas ricas de la ciudad, desde el que se contempla la inmensidad de Atenas. Luego cenamos un sabroso shawarma en un restaurante sirio. Tomamos la coca cola con pajita, tradición bastante extendida por esos lares. Esa tarde junto a las chicas kurdas estuve reflexionando mucho acerca del concepto del tiempo. En los países más desarrollados todo se hace al momento y las esperas no existen, mientras que los menos desarrollados están más acostumbrados a la lentitud, sea administrativa o en negocios privados, pero en general, en la vida diaria. La vida de un refugiado es lenta y con pocas variaciones.

Vistas desde Likavetus

 

 PARTE 2 AQUÍ

 

 

 

 

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