Diario de un Barrioviajero: 30 días en Cuba. Guía didáctica, anécdotas y análisis sobre temas generales (7, Vuelta a La Habana y Cuba y el mundo)

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Llegar de nuevo a El Vedado fue una sensación parecida a cuando uno vuelve de vacaciones. La vuelta a casa, al barrio. Esa sensación extraña de “esta zona me la conozco”. Ya no nos sentíamos perdidos. Le cogimos tanto cariño a esa zona y a esa familia que decidimos pasar 6 días más en La Habana, llegando a 13 en su totalidad. Como llegamos por la tarde, decidimos descansar lo que nos quedaba de día y esa primera noche dormimos en casa de una vieja. No nos gustó el trato, se mostraron bastante bordes. A eso de las diez de la noche, uno de mis amigos estuvo charlando con una de las dueñas de la casa -en este caso, la hija de la vieja- y le dijo algo así como “si no os gusta el piso os podéis ir” y es que, encima, una de las habitaciones olía a mierda.  Al día siguiente fuimos a la casa de alquiler de una amiga de Marta, a unos cinco minutos de la anterior, ya que la suya estaba ocupada por un francés. Era un piso que nos salió bastante económico, pero que no tenía las comodidades del anterior. Podíamos “cocinar” más o menos.

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Edificio en La Habana

Uno de los objetivos de la vuelta a La Habana era visitar lo que nos quedaba pendiente. Pero, como ya sabemos, la ciudad es gigantesca, hay mil cosas que hacer en ella y en Cuba las cosas van lentas. Aunque teníamos muchos planes para los siguientes seis días, no acabamos haciendo ni el 10%. El primer día decidimos a dar una vuelta por El Vedado. A primera hora de la mañana fuimos a tomar algo a una cafetería en la que nos llevamos una desagradable sorpresa. Nos intentaron timar de mala manera. Al principio resultaron muy simpáticos, pero luego, al pedir la cuenta, todos los precios habían subido. Lo que en realidad costaba 20 dólares nos lo querían cobrar por casi 40. Después de una lucha emprendida por Antonio, el padre de unas amigas que había decidido visitar Cuba por su cuenta, logramos nuestro objetivo. Y es que no puede ser más cierta la frase que dice “a veces con una sonrisa te la clavan por la espalda”. La lección que se extrae de estos casos es que mires siempre los precios antes de consumir y repases la cuenta.  Al acabar este pequeño altercado, fuimos a La Rampa, un centro cultural/mercadillo muy recomendable, en el que uno podía comprar artesanía, ver espectáculos y etcétera por un módico precio.

Por la tarde tuvimos una de las experiencias más bonitas e impactantes del viaje. Gracias a Antonio pudimos ir al ático de Diana Balboa, una de las pintoras más reconocidas de Cuba, aunque después de equivocarnos de casa por una confusión muy divertida. La situación confusa fue la siguiente: Antonio estaba convencido de que Diana residía en un bloque azul de El Vedado, cercano a una gasolinera y enfrente del Malecón. Fuimos a ese bloque. Llamamos al timbre y nadie respondía. Antonio creía que vivía en el 14º piso, pero resultó que ese piso no existía. Unos vecinos nos increparon. Se puso a chillar desde abajo “¡¡DIAANAAA, DIANAAA!!”, ya que cuando él fue unas semanas atrás, Diana le abrió mediante el grito de un cubano desde abajo. El boca a boca funciona en Cuba.

Después de insistir acabamos desistiendo y fuimos definitivamente a la casa de Diana. Es que encima el número de su casa no coincidía con la dirección de Diana. Una situación muy divertida. Nos reímos mucho.

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Salón de casa de Diana

Llegamos al ático y Diana nos recibió con una grata hospitalidad. Nos enseñó su espectacular piso, con vistas increíbles y con una decoración increíble, llena de cuadros y esculturas propias. Nos ofreció galletitas, café y un sabroso vodka ruso. Nos dio una clase magistral de filosofía y de experiencias vitales. Era la típica persona que te deja boquiabierto por todo lo que te puede llegar a explicar. Su mujer, fallecida hace pocos años, era la cantante cubana Sara González. Con ella estuvimos hablando de todo. De muchos aspectos de la sociedad y la historia cubana, de sus viajes como artista, de su concepción de la vida… Recuerdo especialmente una frase que me marcó: “Prefiero la palabra reciprocidad a la de agradecimiento. Agradecimiento es un concepto cristiano, reciprocidad implica una correspondencia mutua”. La experiencia con Diana nos marcó.

Al día siguiente estuvimos paseando por La Habana Vieja, en la que, por cierto, los lunes no abren los museos. Nos tomamos un chocolate muy sabroso y fuimos a un mercadillo para comprar souvenirs, el mejor y el más barato que vimos en Cuba. Seguidamente comimos en un paladar en Moneda Nacional, en la Habana Vieja. Pese a ser el barrio más emblemático de la ciudad y el más turístico, uno puede encontrar sitios baratos -eso sí, siempre preguntando-. Por la noche fuimos a tomar algo a un bar musical cercano a nuestra casa llamado El Cimarrón. Dio la casualidad de que unos jóvenes estaban tocando son cubano y nos pusimos a comer delante de ellos. Entablamos una relación amistosa y comenzaron a dedicarnos canciones, hasta que literalmente nos obligaron a salir a bailar. Me dieron las maracas y me animé a bailar en el escenario -con unas cervezas de más- y al final acabaron saliendo todos y pasamos una gran noche, mientras caía un tormenta tropical.

Nos quedaba poco tiempo en Cuba y aprovechamos para relajarnos y acabar de ver lo pendiente, así como despedirnos de Marta y Alberto.

Por ello, hicimos una fiesta con ellos -un tenderete en vocabulario tinerfeño-, en el que nos hicieron un lechón con tamales exquisitos (carne con maíz hervido) y bebimos y disfrutamos de una alegre y emotiva velada. También fui en barco a Casa Blanca, al centro cultural Bertolt Brecht a ver hip hop cubano, a la Universidad de La Habana –preciosa, – y al callejón de Hammel. Llegó el último día (el vuelo salía a medianoche) y compré unos 14 libros. Nos despedimos de la familia, luego de que nos invitaran a comer en su hospitalaria casa. Nos vino a recoger un taxista muy amable que conducía un Lada, y nos explicó que había trabajado de ingeniero nuclear durante muchos años y que había estado en más de ochenta países. Después de eso llegamos al aeropuerto y comenzó la espera, de nuevo. Malditos aeropuertos y malditos vuelos.

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Cena de despedida

 

Cuba y el Mundo

Las relaciones internacionales de Cuba son, probablemente, lo más complicado del diario. Son difíciles de percibir en nuestra vida cotidiana, pero no imposibles. Por ejemplo, cuando veía botellas de Heineken o helados Nestlé en algunos establecimientos significa que Cuba tiene relaciones comerciales con esas empresas multinacionales europeas. Pero la política internacional es mucho más compleja. Pensar en términos individuales (“yo haría”) es imposible cuando hablamos de Estados; estos son los actores más poderosos del sistema internacional. Lord Palmerston, un importante político británico del siglo XIX, pronunció está frase: “Las naciones no tienen amigos ni enemigos permanentes, solo intereses permanentes”. ¿Hasta qué punto es cierto?

Pero vayamos al kit de la cuestión. Cuba ha sido, sobre todo en el periodo de Guerra Fría, un elemento distorsionador del sistema internacional. En comparación a sus países vecinos, que sufrieron golpes de Estado y expolio económico, Cuba plantó cara a los norteamericanos y sirvió de referente a toda latinoamérica en su lucha contra el imperialismo. Después del triunfo de la Revolución y la nacionalización de los medios de producción, los americanos establecieron un bloqueo económico total sobre el país. La confrontación Cuba – Estados Unidos fue constante.

La perla del Caribe se convirtió, tras los sucesos de Playa Girón y Bahía Cochinos, en uno de los principales aliados de la Unión Soviética, siendo así su satélite geopolítico por excelencia en América Latina. Fidel Castro se declara definitivamente socialista. Famosa fue la crisis de los misiles de octubre de 1962, el “momento más tenso de la historia”, como dicen algunos. Las relaciones políticas, militares y económicas (venta de azúcar principalmente) fueron constantes en ese periodo.

Cuando hablaba con un cubano sobre el tema, explicaba el cariño que le tenían a los rusos por todas las ayudas que les habían proporcionado.

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En el Museo de la Revolución, caricatura de Bush

Después de la caída de la URSS, las relaciones entre los dos países desaparecieron. El vínculo socialista-revolucionario desapareció, Rusia tomó otro rumbo y entró en una grave recesión. La pérdida del gran aliado también sumó a Cuba en una grave crisis -periodo especial en tiempos de paz- y en un aislamiento internacional. El bloqueo económico de Estados Unidos se hizo más fuerte a partir de ese periodo, empeorando aún las relaciones entre ambos países.  Cuba comenzó entre finales de los ochenta y principios de los noventa a cambiar su modelo económico y adaptarse así a su supervivencia en un capitalismo cada vez más globalizado. Cuba comenzó a reinventarse a partir de 1997, incentivando el turismo y la inversión extranjera, así como estableciendo relaciones con la Venezuela de Chávez.

Las relaciones con Estados Unidos se mantuvieron muy tensas hasta la visita de Obama en 2014, durante la cual ambos países se comprometieron a mejorar las relaciones económicas y diplomáticas. El bloqueo económico sigue en pie, aunque de manera menos pronunciada. Por ejemplo, desde este verano existen vuelos comerciales entre Cuba y Estados Unidos. Antes no se podía volar a la isla haciendo escala en aeropuertos estadounidenses.  Un día paseando por el Malecón en La Habana vimos la contundente embajada de Washington. Otro tema que sigue siendo muy polémico es el de la base naval de Guantánamo, situada en el sur de la isla, acusada de una violación sistemática de los derechos humanos.

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Carteles por las carreteras

La influencia de los norteamericanos es cada vez más palpable. Taxis, pañuelos, camisetas, pantalones y gorras con la bandera de las 50 estrellas se observan constantemente. Se escucha frecuentemente música hip hop americana y se ven videoclips rodados en Miami en yates y mansiones de lujo de reguetoneros cubanos. Cruceros que paran en el puerto de La Habana. Gente que adora Estados Unidos. Aun así, la relación entre ambos países separados por un canal marino de apenas 100 kilómetros es de amor y odio. El discurso del bloqueo y el imperialismo es muy común entre los cubanos.

Internet, cada vez más. Lento y en ciertas zonas, sobre todo en parques, llenos de turistas y cubanos que desean conectarse. Para poder entrar a Internet uno necesita una tarjeta ETECSA, la empresa de telecomunicaciones del estado, que cuesta 2 CUC en tienda y 3-4 si te lo venden por la calle y dura una hora. En ella tienes un código y una contraseña larguísima. Dependiendo del móvil, puede costar bastante conectarse, pero casi todo el mundo lo acaba consiguiendo. Desde el 1996 existe conexión, pero solamente desde hace muy pocos años la ciudadanía puede conectarse.

La política exterior cubana es conocida mundialmente por su altruismo y por su cooperación internacional al desarrollo. Me compré un libro llamado Cooperación vs Cooperación. Ayuda Oficial para el Desarrollo, de Roberto Smith, en el que se hace una investigación sobre las diferentes realidades de la AOD. El autor explica que la cooperación internacional de los países occidentales “tiene un desempeño especial en su estrategia general para mantener y ampliar su influencia en los receptores”. Desde la Revolución, comenta Smith, “un país pequeño, subdesarrollado y bloqueado, ha sido trascendental en el apoyo al vencimiento de la expresiones más perseverantes del subdesarrollo en los países del tercer mundo a través de la cooperación”.

Es decir, la política exterior cubana está marcada por un énfasis en la solidaridad con países subdesarrollados, dándole mucha importancia a la cooperación sur-sur. Algunos dirán que el país lo hace para “quedar bien y no fijarse en sus asuntos internos” o para “propagar revoluciones en otros países”, pero lo cierto es que su cooperación al desarrollo ha sido constante y ejemplar en muchos aspectos, pese a la carencia de recursos que tienen. Cuba, por ejemplo, fue el mayor impulsor de la lucha contra el ébola en la crisis ocurrida hace un par de años y ayudó a poner al fin al Apartheid sudafricana. La de misiones en las que ha participado el país, sobretodo en la época de la Guerra Fría- en materia de ayuda humanitaria, enviando médicos y centros hospitalarios, en catástrofes naturales y conflictos, es enorme. Un hecho es palpable -más allá de interpretaciones-: la voluntad política, a la hora de realizar una política exterior, es imprescindible. Y cuando ésta no espera nada a cambio, es ejemplar para el mundo entero.

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Famoso cuadro sobre la Revolución

 

Para concluir, trataré el tema de la inmigración en Cuba. Comúnmente se dice que “todos los cubanos se quieren ir”, pero ¿hasta qué punto es cierta la afirmación y qué esconde detrás? Durante los 30 días que estuve en Cuba me encontré a mucha gente que no quería irse del país y que vivía feliz en él, aunque también hablé con gente que sí quería marcharse. Conocí a una que estaba tramitando la nacionalidad española para así poder ir luego a México y cruzar la frontera para llegar a EEUU. Para que un cubano pueda salir de la isla necesita disponer de un pasaporte (muy caro para ellos), un permiso y el dinero necesario para viajar. Hasta hace poco tiempo, estas leyes eran bastante más restrictivas, enfocadas de acuerdo a la seguridad nacional del país. Sí que es cierto que existe una diáspora cubana, sobre todo en Estados Unidos (1,5 millones, la mayoría en Florida) y en España (130.000 aproximadamente).

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Santa Clara

Pero vamos a ir más allá para comprender mejor el fenómeno. Según Antonio Aja en Al cruzar las fronteras, tenemos que saber que Cuba es un país de migrantes. La mixtura cultural de norteamericanos, españoles, franceses, jamaicanos, puertoriqueños, asiáticos y etcétera es importante. Con la Revolución, los patrones migratorios cubanos se rompieron, “con lo cual cobraron un protagonismo central los elementos políticos y económicos motivados por la propia evolución del proceso revolucionario”. A partir de allí, muchos sectores abandonaron Cuba, sobre todo la burguesía cubana, cierta clase media y amigos del régimen de Batista. En los años sesenta se registraron casi 400.000 cubanos en Estados Unidos. En las tres siguientes décadas, se fueron una media de 150.000. En general, la inmigración de Cuba a Estados Unidos ha sido notoria, pero no constante, sino por épocas.

En los años noventa, por ejemplo, el “periodo especial” y la mala situación propiciaron el fenómeno. Cabe decir que el hecho de la existencia de una diáspora tan grande es una factor negativo para el país, famosas son las balsas cubanas. Es peligroso incluso para su estabilidad y su seguridad nacional. Es decir, un país no puede permitir que todos los ciudadanos se vayan a otros a vivir.

Realmente, ¿es una cuestión únicamente cubana? ¿o todos los habitantes de países subdesarrollados quieren irse a Occidente? ¿Por qué Cuba? ¿Por su excepcionalidad? ¿Por su relación con Estados Unidos? Con estos temas se ha de tener cuidado y no caer en banalizaciones y simplificaciones. Por ejemplo, la facilidad que tiene un cubano para obtener residencia norteamericana -bajo el supuesto de refugio político– dista mucho de la realidad que viven los millones de inmigrantes mexicanos.

Aja comenta que “La esencia de Cuba como un país de migración, muestra que todos los cubanos son actores o se relacionan de diversas formas con la migración. Descendemos de inmigrantes y nos vinculamos con los que emigran desde la Isla a través de fuertes relaciones familiares y personales; las circunstancias históricas y de la vida política marcan la conformación de una cultura de la emigración, en un mundo donde la movilidad de la población a escala internacional constituye uno de los problemas globales de mayor complejidades”

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