Diario de un Barrioviajero: 30 días en Cuba. Guía didáctica, anécdotas y análisis sobre temas generales (Todo comenzó…)

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Tras una propuesta inicial de unos amigos, decidí unirme a esta aventura. Para ir solamente necesitaba dinero (en efectivo), el pasaporte, el visado (que cuesta 25 euros) y un seguro médico. Necesitaba también una mochila con ropa, un neceser, unas bambas y poco más. Necesitaba, sobre todo, ganas de conocer un mundo totalmente diferente, alejado de nuestrao realidad. Y todo comenzó…

Las compañías low cost son incomodísimas. Si eres mínimamente alto no te caben las piernas. Pagas por la calidad. Acostumbrado a volar en estas compañías,  cuando se produce un pequeño cambio se agradece. En Air France te sirven comida -decente-, puedes pedir la bebida que quieras y vas cómodo. Pero ojo, nueve horas de avión son una auténtica pesadilla, por lo menos para mí, y más la primera vez que hago un vuelo de larga distancia. Siempre me ocurre lo mismo. Los aeropuertos y los vuelos son coñazo. No es cuestión de pánico, sino de frustración y pesadez. Más aún cuando uno va solo. Aunque cuando eso sucede, tiendes a abrirte. Siempre acabas conociendo a gente por tu camino.

De la mayoría nunca más volverás a saber nada, pero hay otros que te dejan pequeñas huellas. Por ello, después de despertarme a las cuatro de la mañana para emprender un viaje de 24 horas, conocí a una mujer peruana haciendo la cola para embarcar hacia París. Casualmente, ella también viajaba a Latinoamérica y le esperaba una escala larga, aunque no tanto como la mía. Así, por cosas del destino, estuve charlando con esta interesante mujer y me estuvo explicando su vida. Me estuvo comentando acerca de su país. Me dijo que estuvo trabajando por Europa de manera ilegal durante más de 20 años. Era una mujer luchadora y orgullosa. Aún recuerdo un par de cosas que comentó sobre Cuba. Una, “escucha a Benny Moré, es un gran cantante”.  Otra, “no te fies de las cubanas, que te la clavan por la espalda”. Y yo pensando: “Joder, qué mujer más directa”. Gracias a esto, las horas de espera se hicieron más amenas. Hay personas que te dejan huella y esta sencilla mujer me la dejó. En principio tiene mi correo electrónico, pero ya sabemos que las amistades viajeras tienden a desaparecer. Quién sabe.

Después de todo esto llegué a Cuba, a las nueve de la noche, semicongelado por el aire acondicionado del avión y sumando seis horas de más por la diferencia horaria. Y, de repente, el calor y la humedad habanera, que te meten un puñetazo en la cara. “¡Ozú, qué caló!”, como dicen los andaluces.

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Vistas desde El Vedado

 

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