Aventuras por los Balcanes: el caluroso camino hacia Belgrado (Capítulo 1)

Diario de un Barrioviajero: Aventuras por los Balcanes

El caluroso camino hacia Belgrado

CAPÍTULO 1

 

ACLARACIÓN PREVIA: la aventura comienza tras dejar Budapest. El viaje, de hecho, empieza con el encuentro con David en la capital húngara. Pasamos allí cuatro días, pero la auténtica aventura comenzó tras dejar la ciudad. En la versión libro que realizaré (de aquí a un tiempo largo), se explicaran todas las anécdotas desde Croacia (hay un post  pero será modificado y mejorado) y sobre Hungría (lo tengo escrito pero por ahora no lo publicaré). Y otra cosa. Para los que no sepáis nada de los Balcanes: tranquilidad y paciencia. Poco a poco iré introduciendo.

RESUMEN: Luego de cuatro días en un hostal en Budapest (Hungría) decidimos partir hacia Belgrado (Serbia), unos 400 kilómetros al sur. Nos levantamos a las 8.00 de la mañana para partir hacia allí, con la intención de llegar por la tarde. El resultado fue que llegamos por la tarde, pero del día siguiente. Es decir, tardamos prácticamente dos días en llegar a nuestro destino, para hacer un trayecto de unas cuatro horas en coche. ¿Qué pasó durante ese tiempo? Pues posiblemente una de las aventuras más emocionantes de nuestra aventura por los Balcanes.  

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Goodbye Budapest.

Suena el despertador. Mochila equipada, nos espera un día duro e incierto. Llevamos algo de provisiones para aguantar unas horas. Ese algo es una botella de litro y medio de agua, unas almendras y unas galletas. Nos metimos un buen desayuno en el hostal y partimos hacia Belgrado. Tomamos el precioso tranvía –con vistas al Danubio- que nos dejaba en una estación al oeste de Budapest, y desde allí teníamos que coger un bus que nos acercaba a un punto sugerido por el portal hitchwiki.org, la Wikipedia de los autostopistas. El punto era el siguiente: Gyáli út, situado a las afueras de la ciudad. Llegamos alrededor de las 9:45, hora en la cual el sol comenzaba a joder bastante. Había una alerta por ola de calor en los Balcanes, sobre todo poniendo énfasis en Belgrado, que alcanzarían los 40 grados. ¿Casualidades? No. Durante esta época suele haber la típica ola de calor y con el cambio climático el tiempo está más loco (momento cuñado).

Al llegar nos dimos cuenta que ya habían dos grupos de mujeres esperando para hacer autostop que, no por casualidad, habían llegado antes que nosotros. Eran “guiris”, para entendernos. Los horarios de los latinos son más lentos y el sentido de la puntualidad no existe, más aun cuando vas con un viajero lento. Sobre los “tempos” del viaje ya iré hablando. Al ver que las chicas ocupaban un espacio para el autostop, nosotros teníamos que ir a otro. Hay cierta solidaridad y ayuda entre mochileros, pero cuando se trata de autostop, se ha de tener en cuenta que no puedes ni debes quitarle los coches a los mochileros que llevan esperando más tiempo que tú. Así que nos pusimos en un lugar intermedio, bajo un sol que te quemaba el cerebro y comenzamos. El brazo se ponía moreno mientras sostenía un cartel que ponía Beograd (Belgrado en serbio) y otro que ponía Serbia. Nos íbamos turnando, mientras el dolor de dedo iba aumentando. 

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Nunca pierdas la ilusión. ¿No tenía mala pinta, no?

Recogieron a las chicas al rato, pero nosotros seguíamos allí, comiéndonos los mocos. Para hacer autostop dicen que las mujeres lo tienen más fácil. La gente se fía más de ellas y también están los típicos acosadores que aprovechan cualquier ocasión para tirar la caña, por lo que puede resultar un hándicap para ellas. Y ojo, durante el viaje hablé con muchas mujeres que viajaban solas y que no habían tenido problemas pese al acoso sistemático hacia ellas, que ocurre tanto haciendo autostop como paseando por la calle. En nuestro caso, dos hombres lo teníamos a priori más complicado. Íbamos de negro, con algo de barba y éramos más morenos que muchos viajeros europeos. La imagen y los estereotipos son claves a la hora de hacer autostop. Hay algunos consejos para mejorar, pero mi truco siempre era sonreír.

Pero tras esperar una hora y media bajo ese sol, en el que tuvimos que cambiar de cartel a Szeged (ciudad del sur de Hungría) para aligerar, nos recogió una mujer mayor que se dirigía allí. Por lo general, resulta más fácil hacer autostop a nivel nacional, ya que pasar por las fronteras suele costar: la gente quiere evitarse problemas llevándote en el coche y, en general, se hacen muchos menos trayectos de país a país que dentro del mismo. Subimos al Opel Astra, en el que hacía un calor épico y nos adentramos en la autopista con las ventanas abiertas, para que el viento nos hiciese un efecto más agradable. Estuve hablando la hora y media -con un inglés simple y básico- con la mujer hasta que nos dejó en el centro de Szeged. Y me contó la historia de su vida. Realmente impresionante.

Se trataba de una médica húngara, izquierdosa y en contra de las políticas de Viktor Orban, el primer ministro de Hungría desde 2010. Según ella, Hungría había tenido un retroceso democrático con este hombre y que en la época socialista se vivía mejor. Lo fuerte no es esto, sino sus últimos 20 años. Estuvo siete años en prisión, cinco de arresto domiciliar y actualmente no puede salir del país ni trabajar en ciertos sitios. De hecho, iba a Szeged a cuidar a su madre de 96 años. El delito que cometió fue trabajar clandestinamente de comadrona, en la que en uno de los partos, una criatura pereció y fue denunciada por la madre. Una historia dramática. Una vida perdida. Y una mujer condenada por sus errores del pasado. Mientras escuchaba todo esto alucinaba.

Nos dejó en el centro de Szeged, la tercera ciudad más grande de Hungría, con 161.000 habitantes. El calor abrumador nos perseguía y nos refugiamos en supermercado para hidratarnos y comprarnos algo de comer, con el poco dinero que nos sobraba de Budapest. Pusimos el pareo en un parque donde había sombra y comimos un humilde bocata de jamón y queso acompañado de una Xixo Cola (nos hizo gracia el nombre y la pillamos, casualmente David llevaba la camiseta de Los Chichos). Nos quedaban unos 5-6 euros aproximadamente, y aun teníamos que llegar a Serbia. Tomamos un café en un bar, descansamos con aire acondicionada y pillamos Wi-Fi para saber qué hacer. Además, estuvimos hablando con los dos camareros, que eran de origen serbio. Aprovechamos para explicarle nuestro viaje. Sucedió algo curioso, a la par que esperable, y era sobre Albania.

  • Pues verás, en nuestro viaje queremos ir a Serbia, Bosnia, Montenegro, Albania, etc?
  • ¿Albania? ¿Lleváis pistolas? (Dice riendo)

Más allá de los tópicos albaneses que oyes desde fuera, la crítica serbia suele ser bastante furibunda e incluso en muchos casos racista. A Albania se le concibe como un país mafioso, peligroso y no apto para serbios. Existen malas relaciones entre ambos países, sobre todo por el polémico tema de Kosovo, que durante el diario se irá explicando con detenimiento.

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En alfabeto cirílico y en latino.

Así pues, después del café y los “consejos” para Albania, caminamos hasta tomar un bus que nos llevaría al pueblo más cercano a la frontera. Tras 30 minutos en el bus, repleto de gente con maletas, llegamos a Röszke. A partir de allí, teníamos que cruzar la frontera caminando con las mochilas. Fue un momento bastante épico. Nunca había cruzada una frontera caminando. Eso en Europa es cosa de refugiados, no de clasemedianos occidentales. El policía de las aduanas, tras mirarme la cara de mi pasaporte (parezco salido del Cártel de Sinaloa, ya que fue tomada un día de resaca y espero que no me traiga problemas en un futuro), me comentó lo siguiente:

  • ¿A dónde vas, Martín?
  • Belgrado
  • Okey, ningún problema. Disfrutad. (Me puso el sello en el pasaporte y avanzamos)

La frontera entre Hungría y Serbia se militarizó en 2014 cuando Viktor Orban construyó un muro entre los países para evitar la llegada masiva de refugiados. Un muro de alambre de púas de 4 metros que recorre los más de 500 kilómetros de la frontera húngara con Serbia y Croacia. La europa soñada, democrática y libre, dista mucho del viraje húngaro, que con su amigo polaco están poniendo en jaque muchos de los principios europeos.

Recordemos el calor abrumador. Nos quedaba poca agua y estábamos a cuarenta grados, cargando las mochilas, sudando como cerdos y esperando –o buscando- la hospitalidad de algún coche. Casi deshidratados, en un arrebato de supervivencia, fuimos a pedir agua a una de las casas que habían por el camino. 

  • David, ve a pedir agua a esa casa. A ver si hay suerte.
  • (Va caminando hacia allí). Joder, hay perros. No sé si debería acercarme.
  • Da igual, no te harán nada. Te espero aquí.

Una amable abuelita nos rellenó la botella y nos regaló otra. A veces, la hospitalidad se tiene que buscar. No vendrá por sí sola. Entonces la otra persona reaccionará y decidirá ayudarte, de manera desinteresada. ¿Qué le podría llevar a la abuelita no dar agua a dos jóvenes casi desfallecidos? Nada. El ser humano, por lo general, intenta ayudar a su prójimo. Siendo solidario, es decir, ayudarse horizontalmente.

El norte de Serbia se llama Voivodina (jefe de guerra en serbio) y es la región más próspera del país, con un nivel de desarrollo parecido a Croacia y Hungría. Su capital es Novi Sad, la segunda ciudad más grande del país tras Belgrado. Es habitada por una gran cantidad de húngaros (aproximadamente 300.000, el 14,3%) y conocida por ser el “granero” de Serbia, donde se producían una gran cantidad de alimentos (el 80% de los cereales del país). En un pasado, formo parte del Imperio Austro-Húngaro y de muchos más países e imperios, por lo que durante ciertos momentos de la historia no ha estado siempre con Serbia. Durante la época Yugoslava, mantenía el estatus de provincia autónoma de Serbia, un status inferior al de las repúblicas autónomas: Eslovenia, Croacia, Bosnia, Montenegro y Macedonia. La otra provincia autónoma era Kosovo.

Organización territorial en la antigua Yugoslavia

Repúblicas autónomas: Eslovenia, Croacia, Bosnia, Montenegro, Macedonia y Serbia

Provincias autónomas de Serbia: Voivodina y Kosovo

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Fuente: soymapas.com

La Voivodina nos pareció desértica a primera vista. Llevábamos caminando prácticamente una hora y media, el sol se iba yendo y nuestras esperanzas caían. Aun así, el espíritu mochilero puede contra todo tipo de adversidades y situaciones. Viendo la situación, estábamos pensando en acampar en algún lugar cercano, por el bosque. No teníamos dinero serbio ni cajeros para cambiar. No conocíamos nada del lugar, ni si quiera la existencia de ciudades cercanas. La urbe más próxima estaba a 25 kilómetros. Todo eran carreteras rodeadas por cultivos, bosques y casas. Pasaban tractores, bicicletas y algún coche. Llegamos a una gasolinera dónde había sombra.

  • David, voy a ver si encuentro algo en la gasolinera.
  • Okey, me quedo esperando. En cualquier momento podemos tener suerte, nunca podemos desistir.

Literalmente, tres minutos más tarde oigo gritos suyos y veo un coche parado y a David negociando con él. Parecía que sí. Victoria. Tras cinco minutos negociando con el taxista, decidió llevarnos gratis hasta Subotica. Estuvimos hablando de varias cosas con él en el trayecto en su cómodo Lancia. Con un gran parecido físico al padre de mi amigo, hablamos de fútbol y nos dijo que era fan del Athletic de Bilbao porque los jugadores eran originarios del País Vasco. Era serbio de ascendencia croata. Nos dijo literalmente: Croats fascists. La ilusión tras un duro día era obvia. Llegamos por fin a alguna ciudad. Subotica, una gran desconocida, a la cual le acabamos cogiendo bastante cariño y tenía un centro bastante bonito. Imaginaos. En teoría deberíamos estar ya en Belgrado, pero solamente logramos llegar a Subotica tras un duro día.

Eran las 8 de la tarde y el calor apabullante iba desapareciendo. No teníamos ni dinero ni alojamiento, por lo que sacamos algo de Dinares serbios y pillamos Wi-Fi para encontrar un rincón donde dormir. No había prácticamente nada. Cuatro hostales contados por el precio que estábamos dispuestos a pagar (10-12 euros la noche por persona máximo). Descubrimos uno que parecía agradable pese a la poca información que tenía. Nos guiamos por el precio. Fuimos hacia allí, alejado del centro y oscureciendo, hasta llegar a la calle donde estaba. Caminamos y no veíamos nada. Nuestra frustración crecía tras un día repleto de emociones. Era casi de noche y vimos salir a una pareja, y se nos ocurrió preguntarles si eso era un hostal. Nos dijeron que sí. Pero es que no había ni un maldito cartel.

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Se hacía de noche y el hostal no aparecía.

La alegría y la tranquilidad llegaron.  Un lugar para dormir. Hablamos con la mujer que lo regentaba y conseguimos regatearle a 20 euros una habitación con cama de matrimonio y lavabo propio. No hablaba nada de inglés y nos teníamos que basar en señas. Cuando uno quiere entenderse es fácil. Se trataba de un lindo hostal con un jardín precioso y bien cuidado. Fuimos al súper y probamos la fanta azul shokata, un gran descubrimiento. Me bebí la botella grande entera, necesitaba recuperarme. En el hostal había gente: la pareja de eslovenos, unos viejos y Goran y su familia. Este último fue una de las personas que nos marcó en nuestro viaje.

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Era un poco incómoda, pero se podía dormir.

Goran era un camionero serbio que residía en Moscú con su novia y sus dos hijas de su anterior expareja. Estaba en Subotica de visita familiar. Era un hombre de apariencia dura: físicamente grande, perilla de Heisenberg y repleto de tatuajes barriobajeros. Lo conocimos por la noche mientras cocinaba y su hospitalidad y amabilidad fueron únicas. Mientras cenamos junto a su familia nos ofreció sandía y whisky repetidamente, que lógicamente no pudimos rechazar. Estábamos exhaustos pero había tiempo para hablar del mundo con un camionero serbio y su novia rusa. Literalmente, nos metió la sandía en la boca. Nos dio consejos para ir a Belgrado, recomendándonos pillar el tren que iba directo, por unos cinco euros. Nuestra mentalidad, agotada por el calor y sufrimiento, desistió a hacer autostop bajo esas condiciones climáticas. Lo que posiblemente había sido el día más caluroso de nuestras vidas no podía volverse a repetir: no queríamos derretirnos en Serbia. La opción “fácil” y “cómoda” era el tren serbio. Miramos horarios y partía uno a las 12:40 de la mañana.

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El jardín. No es una gran foto pero para que os hagáis una idea.

Nos despertamos y desayunos junto a Goran. Nos invitó a abundante carne con pan y queso. Todo buenísimo. Su dureza se mostraba esta vez mediante el Monster que se bebió para desayunar. No he conocido a nadie con estas costumbres. Estuvimos hablando de Moscú, Rusia, Serbia, Barcelona, etc. Lo gratificante que es el intercambio cultural. Lo que puedes llegar a aprender mediante sencillas conversaciones. Preparamos las mochilas y nos dispusimos a partir. Pero Goran no estaba en ese momento y no pudimos despedirnos. Nos supo fatal pero así es la vida.

Salimos dirección a la estación, para sacar el billete que nos llevaría a Belgrado. Tras varios intentos hablando con la mujer de la estación, lo conseguimos. Nos esperaban 190 kilómetros que, de acuerdo a los horarios del tren, serían unas 3:30h si todo iba bien y cómodamente. Ocurrió exactamente lo contrario. Fue un día casi más duro que el anterior. Nos metimos en el lento tren y no había aire acondicionado. A cuarenta grados, vuelvo a repetir. Las caras de la gente moribunda como nunca había visto. Sudando brutalmente. El tren iba a 30 km/h.

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Estación en Subotica. Era más underground de lo que parece.

Por suerte, conocimos a una familia de tinerfeños en el tren del infierno. Que casualmente eran de Tegueste (Tenerife), la ciudad en la que habíamos visitado hace tan solo un año y 2 meses. Echad un vistazo al diario que hice. ¡Del mismo lugar que la familia de mi amigo! Benditas casualidades. Impregnarse de la calma canaria siempre está bien para pasar según qué momentos. Nos hicimos bastante amigos suyos y nos dimos apoyo mutuo en ese duro día.

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Incendios durante la ola de calor.

Cuando llevábamos 2 horas de trayecto el tren se paró repentinamente. Por lo visto, se había quedado sin electricidad y, además, había un incendio enfrente. La gente nos dijo que se trataba de algo normal, que los trenes en serbia no van muy bien. Nosotros esperábamos treinta minutos de espera. Pero acabaron siendo dos horas y media. Parados en medio de la nada, en un pueblo serbio a las 15:00 de la tarde. Se desmayó una mujer. Para hidratarnos, entramos en la casa de la estación, que resultó ser un museo en miniatura. Un calendario de Putin, un mapa en el que no salía ni Montenegro ni Kosovo y una estética yugoslava. Todo el tren llenó su botellita de agua en la casa. Un poco de aire acondicionado no sentaba mal. La desesperación de la situación llevo a cierta gente tomar un bus directo a Belgrado desde allí, pero la mayoría aguantamos hasta que llegamos, tras siete duras horas, a la capital de Serbia y de la antigua Yugoslavia.

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Un pequeño museo yugoslavo. Cuando el tiempo parece que no avanza.

Llegamos sobre las 18.00, teniendo en cuenta que habíamos salido del hostal de Budapest el día anterior por la mañana. Un día y medio para llegar a Belgrado. ¿No está mal, no? Aun así, la Odisea no había acabado. Cuando llegas a una ciudad anocheciendo siempre tiendes a abrumarte. El sentimiento de estar perdido es máximo. Y encima los carteles en cirílico. Pero teníamos una indicación para llegar a casa de Milan (nuestro host en Belgrado, con el que contactamos mediante BeWelcome): tomar el bus 46 y bajarnos en Zvezdara pijaca. Preguntamos a un chaval que había y casualmente iba a la misma parada. Nos bajamos. Llamamos a Milan. Unos cinco minutos después, apareció. Saludándonos desde el otro extremo de la calle con una sonrisa.  

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Afueras de Belgrado. Arquitectura soviética.

 

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