Con faldas y a lo escocés: Edimburgo y Glasgow: diferentes pero complementarias

Diario de un Barrioviajero: Con faldas y a lo escocés

Edimburgo y Glasgow: diferentes y complementarias

 

1. Consideraciones preliminares

A ser verdad, esta no tenía que ser la manera de empezar el diario que realizaré sobre mi experiencia en Escocia. Mientras seguía escribiendo las anécdotas y los análisis sobre los Balcanes –en este momento ya van tres capítulos escritos-, comenzaría paulatinamente con “Diario de un Barrioviajero: Con faldas a lo escocés”, mediante una estructura similar a los Balcanes, es decir, cronológicamente e introduciendo los temas que creía conveniente. De momento, tras mes y medio en tierras escocesas aún no he escrito gran cosa, pese a que tengo muchas ideas que aún no sé cómo gestionarlas y ordenarlas. Es por ello que iré subiendo poco a poco, tal y como he hecho hasta ahora, lo que me venga en gana.

En futuro, cuando haga el formato libro, intentaré mejorarlo y hacerlo más cómodo al lector. Pero por el momento, dada la situación personal –inherentemente inestable-, mis ideas y mis proyectos, seguiré haciendo lo mismo igual que siempre: mirando al futuro con objetivos a largo plazo y actuando en base a impulsos. Todo esto me ha llegado a escribir sobre mi primera experiencia en Glasgow. Mi primer viaje, o mejor dicho excursión, del tiempo que llevo en Escocia. Pese a que el hecho de que Escocia tendrá un diario igual que todos los viajes no significa que esté viajando. Al revés, estoy llevando una vida relativamente estable buscándome la vida como puedo. La sensación de viajar es totalmente diferente. Hasta ahora, mi vida en Edimburgo se ha basado en asentarme. En habituarme a un nuevo estilo de vida, a un nuevo clima y a una nueva cultura. Un cambio fuerte y duro, pero apasionante.

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 George Street en Glasgow

A raíz de la visita de mis amigos y mi hermana este fin de semana, he podido nutrirme de ideas diferentes, revitalizándome y animándome y, además, he tenido la oportunidad de ir a Glasgow de manera improvisada. No entraba en mis planes debido a que trabajaba el lunes por la mañana. Pero al final decidí coger un bus, pudiendo disfrutar de una noche y una mañana en la ciudad. Una visita corta en la que he disfrutado mucho y en la que me he conocido otra Escocia, muy diferente a Edimburgo o a la que tenemos en el imaginario colectivo. El contraste entre ambas ciudades es enorme. Las diferencias, en todos los sentidos, son tan grandes que costaría ser capaz de entenderlas y analizarlas en una visita tan corta. De todas maneras, la información que uno tiene de algo, más allá de lo que pueda ver en el lugar, depende también de lo que uno haya oído o leído por ejemplo. En este sentido los tópicos se han cumplido. Siempre se suelen cumplir.

2. Una disputa histórica

Unos 80 kilómetros separan a las dos mayores ciudades de Escocia, por lo que moverse de una a otra es fácil y barato, en comparación a moverse por el resto del país. De los aproximadamente 6 millones de habitantes de Escocia, digamos que más de la mitad viven en estas ciudades y en sus áreas metropolitanas. Es decir, Escocia es un país poco poblado en comparación al resto del Reino Unido, con una densidad de población seis veces menor que Inglaterra. Mientras que Edimburgo y Glasgow tienen una población similar (468.000 y 598.000 respectivamente), el área metropolitana de los glaswegians (gentilicio de la ciudad) es mucho mayor, teniendo alrededor de 2,5 millones de personas. Las otras urbes escocesas están lejos de llegar las dos grandes, estando en números mucho inferiores: Aberdeen (212.000), Dundee (150.000) y Inverness (46.000). Una vez dejas Edimburgo y Glasgow subes a eso llamado Higlhands, el famoso norte de Escocia, se caracteriza por prados verdes, castillos y acantilados.

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Grafitis urbanos en Glasgow

Pero situar la realidad de las Highlands como el imaginario colectivo de Escocia es ciertamente erróneo. Y efectivamente hay varias escocias dentro de Escocia. Esas grandes ideas de país se pueden englobar entre la disputa histórica que acaece entre Edimburgo y Glasgow. Una disputa que engloba prácticamente todo, parecida por ejemplo a la de Barcelona y Madrid: deportes, comida, ocio, música, transportes, arquitectura y un largo etcétera que convierten a las dos grandes urbes escocesas en una mezcla entre amistad y enemistad, creando así una relación agridulce y única.

3. La llegada a Glasgow

La sensación de inmensidad y perdición en una ciudad desconocida es desconcertante. Glasgow nos recibió con el aguachirri típico escocés, esa lluvia-no-lluvia que moja-y-no-moja y que dificulta la vida, molesta y pone el cielo gris. Como toda horrible estación de buses central, las ocho de la noche en Glasgow de ese día lluvioso me transmitió una idea postapocalíptica de la ciudad: polígonos industriales, concesionarios, edificios enormes y feos, bloques de pisos obreros. Seguimos caminando dirección al hostal, por lo que recorrimos el centro de la ciudad. Palpábamos esa realidad, completamente diferente al pueblerino Edimburgo.

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El hombre de los pajaritos

Un ambiente industrial, obrero y más juvenil. Con menos encanto pero con un enganche diferente, bajo mi punto de vista muy atractivo. Este tipo de ciudades muchas veces me sugieren más interés y me transmiten un cierto toque de decadencia que me resulta muy adictivo, que más allá de la inspiración que supone la arquitectura de ciudades como Edimburgo, París o Praga, lo postapocalítpico de Glasgow lo hace único. Perdonen si resulta ofensivo el término postapocalíptico, pero lo exageradamente postindustrial muestra ese capitalismo decadente que cada vez ofrece menos oportunidades a los pobres.

Este mundo postindustrial comenzó a fraguarse en los inicios de la globalización neoliberal, cuando el consenso socialdemócrata (el capitalismo de rostro humano aceptado por socialistas y conservadores en las democracias liberales) desapareció. Las crisis del petróleo de los años setenta pusieron en cuestión los modelos keynesianos surgidos tras la Segunda Guerra Mundial y la “edad de oro del capitalismo” terminó. Así pues, en los años ochenta tanto Ronald Reagan (Estados Unidos) como Margaret Thatcher (Reino Unido) aparecieron en escena y decidieron poner fin a ese consenso y comenzar unos programas con altas reformas económicas de liberalización y privatización. Las consecuencias de eso se palpan hoy en día en la realidad del Reino Unido, en la que Escocia y concretamente Glasgow fue una de las grandes perjudicadas.

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Viviendas clásicas industriales

Margaret Thatcher cambió de lleno a Escocia -y al Reino Unido- y es una persona bastante impopular entre los escoceses. Dicen que se abrió mucho cava el día de su muerte en 2013. En los años ochenta se inicia esa decadencia industrial caracterizada por huelgas mineras, heroína y pisos de protección oficial. Miles de trabajadores industriales fueron despedidos y muchos de ellos cayeron en las drogas o en el juego, creando así una cada más creciente desigualdad social. De hecho, el concepto chav –kani en español-, popularizado a partir de la década de los 2000, es consecuencia de ese proceso socioeconómico derivado de los grandes cambios sufridos por la clase trabajadora del Reino Unido. El chav hace referencia al joven chandalero, nihilista y agresivo desprestigiado por el elitismo inglés que Owen Jones define sumamente bien en el libro “Chavs: La demonización de la clase obrera” (2011), uno de los libros más inspiradores que he leído.

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Callejeando por Glasgow

El postindustrialismo, no obstante, también se puede palpar ciertamente en Edimburgo, en el barrio de Leith. Antiguamente, Leith era un Burgh, una entidad territorial similar a un pueblo que se utilizaba en Escocia desde el siglo XII. Durante muchos años, más allá de ser el puerto de Edimburgo, se administró de manera independiente y desarrolló una cultura muy diferente. Tras los años ochenta y el auge del neoliberalismo, Leith, el barrio portuario entró en una nueva fase y sufrió una evolución similar a la de otros lugares industriales, desmantelándose y privatizándose y, en los últimos años, con un nuevo proceso de gentrificación.

4. Profundas diferencias

Edimburgo es la capital política de Escocia, albergando a las instituciones políticas escocesas. Tiene un toque señorial e imperial, ciertamente pijo-inglés. Prácticamente toda la ciudad es bonita, vayas por un barrio residencial –casas pequeñas y parques verdes- o vayas por el centro de la ciudad, sea en el barrio viejo o en el barrio nuevo. A veces tienes la sensación de estar en un pueblo, debido a la arquitectura y al tranquilo ritmo de la gente. Atracciones turísticas y ocio hay a raudales, divididas entre el poderoso centro y el cada vez menos alternativo Leith. Actividades culturales, PUB’s, fiestas, Calton Hill y la montaña verde llamada “Hollyrood Park”. En general, muchas cosas.

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La catedral de Glasgow. Visita gratuita.

Se trata de una ciudad fácil para vivir, bien comunicada y agradable. Pero bastante cara y con unos alquileres subiendo a un ritmo frenético. Plagada, además, de estudiantes, turistas y de inmigrantes europeos, sobre todo españoles, polacos e italianos, que vienen a la ciudad a aprender inglés y trabajar supliendo la falta de personal existente. En Edimburgo sobra el trabajo y apenas hay paro, por lo que encontrar dedicado al sector servicios algo es sumamente fácil. A rasgos generales, podríamos decir que Edimburgo es la ciudad bonita de Escocia, inspiradora de escritores y con historias de espíritus y de robo de cadáveres. En definitiva, lo más ilustrado de Escocia.

Sin embargo Glasgow es la capital económica. El ambiente es totalmente diferente. Más decadente. Más ciudad, más gente. Edificios altos, gente con más prisas. Más coches. Más actividades culturales, grafitis por las calles y coches. Más barata. Los glasgewians, a diferencia de los edinburghers, tienen fama de ser más brutos y violentos y de tener un acento más cerrado. Pese a la simpatía clásica escocesa, los ciudadanos de Glasgow me dieron la sensación de tener un trato personal más cercano y feliz. Una ciudad más alternativa y comúnmente olvidada por la grandilocuencia de Edimburgo. Y por cierto, bastante mejores en fútbol (Celtic y Rangers) que el Hibernian de Edimburgo. Otro punto interesante es que Glasgow, por ejemplo, votó Sí a la independencia de Escocia en el referéndum de 2014 con un 53%, mientras que en Edimburgo ganó el No con un 61%. De alguna manera, Edimburgo tiene un punto más inglés que Glasgow. Y Glasgow es más reivindicativo que Edimburgo, sino miren la imagen destacada de esta entrada. Se trata del Duque de Wellington, un ejemplo del poderío inglés, que los glasgewians lo decoran amablemente con dos conos desde hace casi cuarenta años. 

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Necrópolis de Glasgow

En el poco tiempo que anduvimos en Glasgow, visitamos el centro de la ciudad, con una parte bastante bonita y comercial, y la catedral y el cementerio principal, la necrópolis de Glasgow. Imaginaos las vistas desde el cementerio, rodeado de verde, de preciosas tumbas y del aguachirri. Al frente, la inmensidad de la ciudad y la bonita catedral. A la izquierda, industria y carreteras. A la derecha, industrias.

Todas estas reflexiones me han surgido después de la efímera visita a Glasgow. Un ejercicio de comparación desde una visión muy general, tras llevar viviendo un mes y medio en Escocia. Un análisis que espero seguir complementando en el futuro, igual que se complementan estas dos ciudades radicalmente diferentes e interesantes.

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