Diario de un Barrioviajero: Bon week-end en el sureste francés

 

El sur de Francia se presentaba como un territorio conocido y desconocido a la vez. Al estar encima de Cataluña, ya sea por viajes familiares o escolares, o por el mero hecho de ser el país vecino, uno se había acostumbrado a saber algo de allí.  Probablemente has oído hablar de Colliure, Carcassone y Toulouse, los clásicos.  Esta esta vez la intención era hacer un ruta más costera e ir un poco más allá, desde Perpiñán hasta Marsella, pasando por Agde, La Camarga, Nimes y Montpelier, entre otros.

Se trató de un viaje corto (tres días) y con muchas horas de coche, por lo que tuvimos que administrar bien el tiempo, una cuestión bastante complicada cuando se está viajando; la propia atmósfera que generas te desconecta del mundo exterior, sumergiéndote en un espíritu de explorador. Viajar es, a fin de cuentas, descubrir otros lugares siendo maestros de la sospecha.

 

La ruta se basó en:

Barcelona – La junquera – Perpinyán – Agde – Port D’agde – Nimes – Marseille – Gilles – Blanes

 

Capítulos:

  • Lo francés
  • La Junquera, un puente de civilizaciones bizarro
  • Adentrándose
  • Agde y el naturismo
  • Marsella 
  • Volver

 

Lo francés

La visión desde Francia desde fuera está ampliamente compartida por el mundo. Vino, queso, moda, arte, baguette, croissant, amor, nacionalistas, Napoleón y república. Se les acusa de arrogantes y estúpidos, creyéndose por encima del bien y el mal. Cada identidad, eso es cierto, tiene una manera de pensar y actuar, y como todas, tiene atributos positivos y negativos. Aun así, desgraciadamente, los tópicos se suelen cumplir, sobre todo cuando estas identidades u/o nacionalidades están en grupo.

Seguramente un francés individualmente te parecerá una persona bellísima, pero al estar en grupo podrás observar otro tipo de estereotipos que le caracterizan (repito, tanto positivos como negativos). Con españoles, estadounidenses, italianos e ingleses, por ejemplo, te pasará lo mismo exactamente, observando sus características cuando la tribu prevalece. Pero sobre todo desde España, o quizás es la visión que más he visto, existe un ligero sentimiento anti-francés.

    Croissant francés

No hace falta remontarse a Napoleón o al episodio de los guiñoles. Simplemente, es una manera de ver general que se tiene, que se reproduce de generación en generación y que se va corroborando. ¿Es este estereotipo cierto? ¿A qué se debe? Hay gente que dice que los franceses se siguen considerando una potencia internacional de primer orden, herencia del periodo colonial. ¿Lo son realmente? ¿Cuál es el país más poderoso de Europa, Gran Bretaña, Francia, Alemania o Rusia? Hoy en día, Francia sigue siendo un país muy poderoso, pero han perdido fuerza en el tablero internacional.

Un pasado rico e imperial tiene una consecuencia en el presente. En la educación, en sus valores, en su visión republicana de la política; en Francia todo es francés. El idioma suena fuerte y poderoso, con una vocación unificador de per se.  En este sentido, a lo francés se le tiene como algo más serio y ordenado. De hecho, Francia es como España, pero con un poco más de frío y donde casi todas las cosas funcionan un poco mejor. Y no me voy a ocultar: me gusta Francia.

La Junquera, un lugar un tanto especial

A las 8 de la mañana llegó mi amigo a recogerme a Montcada. Hacía frío, se notaba que el tiempo estaba cambiando. Nos metimos en el coche y partimos hacia el norte.

La primera parada fue en el pueblo catalán La junquera para poner gasolina, ya que al entrar en Francia el precio sube bastante. Por lo visto, todo el mundo para a poner gasolina en La junquera, ya que hay 15 gasolineras en un pueblo de 3000 habitantes. Situado a unos pocos kilómetros de Francia, esta pequeña urbe tiene varias peculiaridades. La descripción en francés de Wikipedia es la más desarrollada, más que en catalán o español ¿Casualidad? Efectivamente no. Personalmente, más allá del tema de los prostíbulos (que había oído varias veces) apenas conocía nada.

Más allá de su casco histórico, La junquera oculta muchas cosas. Al estar tan cerca de la frontera francesa, las interacciones con el país de arriba son más que frecuentes. A veces, estos sitios se convierten en una especie de parques temáticos, donde las diferencias legislativas marcan grandes pasos.

Ya sabéis, en Francia hay más dinero que en España y los bienes de consumo son más caros. Pues avispadamente, los franceses vienen a La junquera a comprar estos tipos de bienes. Casos de estos hay miles en el mundo, en los que cruzas la frontera para beneficiarte. Como los extranjeros que viven en Suiza y van a comprar pescado y carne a Alemania, o los suecos que van en barco a Estonia a beber alcohol. O el caso típico en Cataluña: el alcohol y el tabaco de Andorra. Pequeñas triquiñuelas de la vida cotidiana.

Así pues, la magnitud de La Junquera es tal que es la principal puerta de mercancías por tierra de Europa a España, en la que 11.000 camiones de diferentes procedencias para diariamente. Dicen incluso que se ha convertido en una pequeña Andorra, en la que los franceses vienen en masa –hasta en autobuses- a pasar un día de compras. Al aparcar para ver el gigantesco centro comercial vimos un autobús del que salían jubilados franceses. Al caminar por ahí, solo se escuchaba el glamuroso francés.

Además de ser un motor económico es también un gran centro de prostitución, en el que se encuentra el puticlub más grande de Europa, el Paradise. Dicho recinto tiene 2700 metros cuadrados y ochenta habitaciones. Y, como curiosidad, casi sufre un atentado debido a la guerra abierta que hay por el control de los prostíbulos.

Paradise en La Junquera, vía elespañol.com

La Junquera es realmente un caso muy paradigmático. De esos que los gobiernos y los poderosos conocen pero no quieren tocar. Grandes vacíos legales y misterios existentes en este pequeño pueblo catalán con complejo de paraíso fiscal. Ya no es únicamente un paraíso francés, sino una mezcolanza extremadamente bizarra que deja boquiabierto.

Adentrándose

Tras cruzar la frontera –inexistente debido a Schengen– los carteles, los comercios y las infraestructuras comenzaban a cambiar de lengua. De hecho, conforme avanzabas por el pueblo fronterizo El Pertús, veías que al lado derecho los letreros estaban en catalán y al lado izquierdo en francés. Las fronteras son siempre apasionantes.

Para evitar los elevados peajes franceses tomamos la carretera nacional, que se encontraba en muy buen estado. Cuando llevábamos unos pocos kilómetros recorridos unos policías nos pararon.

“Moveos hacia la derecha. Es un control anti droga” nos dijeron.

Sorprendidos por que hablasen castellano, más atónitos nos quedamos después que otro de los policías nos dijese:

“Que feu per aquí? On aneu?” (¿Qué hacéis aquí? ¿Dónde vais?), con un pronunciado acento francés.

Podíamos ser un blanco perfecto para la policía: dos chicos (uno rapado al cero y medio y otro con gafas de sol y perilla a lo Walter White) en un coche con matrícula española conduciendo por la nacional francesa. Nos registraron, prosiguiendo con la inspección y la conversación en catalán.

Y es que efectivamente, nos encontramos en Occitania, una región histórica del sur de Francia donde antiguamente se hablaba occitano, un idioma muy parecido al catalán. Hoy en día, esta lengua es hablada por unos dos millones de personas, principalmente situados en el sur de Francia. De hecho, el aranés – una de las lenguas hablada en la Vall d’Aran- es un descendiente directo del occitano.  Seguramente algunos de nosotros la habremos oído poniendo el 3/24 después de comer.

La Occitania, además de ser un concepto cultural, es también una de las 13 regiones de la Francia metropolitana, sin contar las 5 restantes que forman parte de sus territorios de ultramar. Hasta el 2014 el número de regiones metropolitanas era 18, pero tras la reforma acaecida descendió a 13. En este sentido, Occitania fue el resultado de la unión entre Languedoc-Rosellón y Mediodía-Pirineos. La reforma administrativa estuvo marcado por las protestas de los 450.000 catalanes del norte que habitan en la región.  

En este Mapa hecho por Henri Giordan et André Cornille vía http://www.sorosoro.org/es/el-occitano/ se muestra la extensión de la lengua. 

Seguidamente, nos dirigimos a Perpinyán, la primera gran ciudad del camino, donde estuvimos dando un agradable paseo por sus calles y parques. Perpinyán, como gran parte de la Occitania en general, comparte grandes rasgos históricos con Cataluña y España. En Perpinyán existe un barrio céntrico llamado Sant Jaume, habitado principalmente por gitanos que hablan catalán,  siendo prácticamente el único lugar donde se habla esa lengua. Este barrio parecía una especie de Raval, mal conservado, sucio y con algunos andamios sosteniendo a los edificios, pero con esa esencia de antigüedad y degradación que hacen a estos sitios misteriosamente agradables.

Tras salir de Perpinyán hicimos una pequeña parada en Salses, donde se encuentra el inicio de la construcción cultural Països Catalans, aquellos lugares donde se habla catalán. En ese pequeño pueblo se encuentra la Porta dels Països Catalans, un edificio folklórico que representa simbólicamente la entrada a los Països Catalans por el norte. Además, de esa escultura, el Rosellón y parte de la Occitania conservan cierto simbolismo de la catalanidad. Dentro de Salses está su respectivo castillo, perteneciente a la Corona de Aragón hasta 1659, cuando se firmó el Tratado de los Pirineos con Francia. La identidad, en el caso de la Cataluña Norte, está más marcada por un arraigo cultural que por una lengua.

Barrio de Sant Jaume, en Perpinyán

Agde y el naturismo

Después de visitar Perpinyán nos dirigimos a Agde bajo la recomendación de un familiar, donde habíamos alquilado una habitación. Este pequeño pueblo pintoresco tenía mucho encanto, con la desembocadura del río Herault atravesando y partiendo la ciudad en dos, situando al lado derecho el centro histórico.  

Era un viernes noche y fuimos a dar una vuelta por el pueblo, pero todo estaba cerrado, medio muerto, acompañado de una lluvia incesante. Los locales no abrían en un viernes noche, por lo que solo quedaba un restaurante indio y uno chino, comunidades históricamente asentadas en el país. Durante los días de fiesta, los “locales” nunca abren.

De todas maneras, lo llamativo de Agde es su zona costera situada a tan solo unos kilómetros de la ciudad, llamada el Cap d’Agde; el contraste de un pueblo histórico a un macro complejo turístico es impactante. Una especie de Salou pero unas características muy especiales: el libertinaje. El Cap d’Agde es un parque de atracciones erótico-sexual para los adultos franceses.

Existen muchas leyendas acerca del lugar, pero las fuentes de información y las historias oídas hablan por sí solas. En nuestro caso, el Cap d’Agde, a finales de octubre y con un viento acosando las entrañas, era un pueblo fantasma con cuatro jubilados, muchos restaurantes y una noria. Lo único que vimos es una actuación en directo rodeado de viejos pagando cinco euros por una cerveza. Aunque la idea del lugar pudimos imaginarla.

En este sentido, el Cap d’Agde es conocido por ser el pueblo naturista por excelencia de Europa, donde la gente va al supermercado desnuda y practica sexo públicamente. Esta playa de la hermosa Costa del Sur alberga 40.000 habitantes en su época veraniega. Bloques de pisos enormes, hoteles y un parque acuático le rodean. 

Marsella

Después de desayunar unos buenos croissants franceses acompañados de un café, partimos hacia Marsella. El camino incluía pasar por la Camarga, la desembocadura del río Rodano. Nuestra ruta incluía hacer una parada por ahí, pero la lluvia no lo permitió. Así que bajo recomendación de un francés vimos ligeramente Nimes. Bastante moderna, con centro histórico muy turístico y renovado, además de un bonito anfiteatro al que no entramos ya que valía 8 pavos o más. La lluvia no acompaña para ver los sitios con claridad.

Amfiteatro de Nimes

Abandonamos Nimes y por fin nos dirigimos a Marsella, dejando atrás la Occitania actual, a la cual llegamos sobre las cuatro de la tarde. Conforme nos acercábamos íbamos viendo el enorme puerto y los enormes edificios. Cierta degradación se intuía desde las afueras. Una especie de abandono administrativo en la segunda ciudad más grande del país, con un millón de habitantes. 

Al llegar, aparcamos en el centro de la ciudad, que al tratarse de sábado tarde tuvimos que pagar un poco, ya que se volvía gratuito a las 18.00. Seguidamente, nos dirigimos al hostal. Las primeras sensaciones iban apareciendo, y daba la sensación de estar más en Argelia que en Francia. Sorprendente a vistas del turista.

Marsella ha sido siempre la puerta francesa al Mediterráneo. Históricamente, desde la época griega, ha tenido sus enclaves estratégicos y ha servido como lugar de crisol de civilizaciones.  Remontándonos a su historia más moderna, Marsella es el puerto que conecta Argelia y Francia, dónde miles de europeos –principalmente franceses- se habían asentado en el país tras la colonización en el siglo XIX.

La noria en el puerto de Marsella y a lo lejos, la Basílica

Después de la Segunda Guerra Mundial y, especialmente tras la descolonización en 1962 y la independencia del país, Francia recibió 800.000 inmigrantes –de origen francés principalmente y de religión católica, judía o musulmana- llamados pied-noirs (repatriados franceses), llegando al puerto de Marsella. En esas épocas, los pied-noirs eran prácticamente el 10% de la población de Argelia.

Estos movimientos masivos de población, o mejor dicho migraciones internacionales o diásporas, son obras de ingeniería social tremendamente complicadas y difíciles de controlar. ¿Cómo un país puede albergar en tan poco tiempo a tanta gente? Al llegar a Francia, los pied-noirs tuvieron graves problemas de integración en la sociedad francesa, que iban desde problemas administrativos hasta de costumbres, tras años viviendo fuera y generaciones asentadas.

En este sentido, Marsella siguió siendo el nexo entre Argelia y Francia tras la independencia de Argelia. A partir de allí, el país colonial fue recibiendo paulatinamente, durante los años 60 y 70, miles de inmigrantes argelinos, debido a la guerra, el caos y las desigualdades en Argelia. Así pues, con el tiempo se fue asentando una comunidad argelina y magrebí en el país Galo. En Francia hoy en día hay un 10% de inmigrantes, unos 8 millones aproximadamente, de los cuales casi un 20% son argelinos y otro 15% son marroquíes. Marsella es la ciudad más musulmana de Europa, con aproximadamente 250.000 musulmanes.

Pasear por Marsella es apasionante en este aspecto. El barrio de  Noailles, situado en el centro de la ciudad, es una especie de Raval de Barcelona pero más exagerado, con un estilo más argelino y en muy mal estado. Nos zampamos un enorme y sabroso plato de kebap acompañado de una salsa llamada “Argelia”, a la vez que nos ofrecían marihuana por la calle o veíamos el regateo clásico del mercado árabe.

Merecido y poderoso kebap

En general resumiría a Marsella como una ciudad canalla y underground. La última noche, cuando íbamos en busca del hostal, nos perdimos por el centro. Llegamos a una zona donde había un par de bares bastante grandes con gente alternativa, además de una plaza ocupada por una acampada.

Paseando por Le Panier

Se trataba de una lucha vecinal por la remodelación de la plaza. Preguntamos a los gestores del hostal si sabían algo y comenzaron una ardua discusión. Primero en inglés, luego en francés. Cuando se quiere hablar claro la lengua madre sale inevitablemente. La discusión iba sobre si se debería llevar a cabo la reforma o no. Básicamente, sobre si la plaza se iba a gentrificar, siguiendo el desarrollo urbano capitalista de las ciudades, o si valía la pena mantenerla para seguir teniendo un lugar contestatario. Debates que, como vemos, existen en todo el mundo.

El melting pot hace de Marsella una ciudad muy interesante, con cierta efervescencia cultural. Un puerto activo con bares (las pintas en Francia valen cinco euros) y restaurantes, un barrio bohemio llamado Le Panier, un agradable barrio antiguo con grafitis, galerías de arte, negocios hípster y plantas en la calle. A lo lejos, desde prácticamente cualquier punto de la ciudad, se puede observar la Basílica de Notre-Dame de la Garde, a la que no fuimos por falta de tiempo.

Resacas hostaleras

Volver

Tocaba volver tras dos días deambulando por Occitania. Partimos a primera hora de la mañana con una ligera resaca de la noche anterior. Nos esperaban bastantes horas de coche, por lo que pagamos algún peaje (hay muchos y muy caros) más que a la ida. Una de las primeras paradas la hicimos en un pueblo llamado Sant Gilles, para picar y descansar algo. Había un mercadillo enorme que ocupaba la mitad del pueblo y que bordeaba el río. Un café, un trozo de pollo y una boina me llevé, la cual al rato me di cuenta de que era pequeña para mi gran cabeza. 

Seguimos tirando y pusimos gasolina en la Junquera, un clásico. Fuimos recorriendo los alrededores de Girona y hablando de la vida, hasta llegar a un restaurante en Blanes, donde comimos como reyes. Llegamos a casa sobre las 18.00 y una desconexión como esa, a la vez que una conexión con la cultura francesa, fueron un ingrediente secreto para la felicidad.

Un rosario y un atardecer como guías

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