Pan y aceite

Corrían los años cuarenta. España estaba sumida a la pobreza tras la guerra civil. El país estaba desolado, la comida escaseaba y los jóvenes tenían que ponerse a trabajar a una edad muy temprana. A los diez años, mis abuelos, de un pequeño pueblo de Córdoba, tuvieron que ponerse manos a la obra. No había opción, era una cuestión de supervivencia.

La comida era un lujo que no todo el mundo se podía permitir. Mediante una cartilla de racionamiento podías acceder a ciertos bienes, como pan, aceite y aceitunas. La dieta era básica. En aquellas épocas, un kilo de pan costaba 18 pesetas, lo equivalente al salario que se ganaba en un día. Aun así, encontrar pan era una tarea sumamente complicada.

Los años transcurrieron y la situación en Andalucía mejoró, a la vez que muchos de sus habitantes, entre ellos mis abuelos, emigraron a zonas más prósperas como Cataluña. Una vez allí, lograron avanzar y vivir dignamente. Sin embargo, la dieta no cambió especialmente. Eran los años sesenta y seguían desayunando pan, aceite y aceitunas.

Mi madre nació, y a temprana edad empezó también con la dieta del pan y aceite. Hubo un traspaso generacional de esta costumbre culinaria. En el caso de mi madre, al igual que en de mis abuelos a partir de la emigración, no se basa ya únicamente en una cuestión de poquedad, sino de costumbre.

En España, el pan por costumbre se compra todos los días. Y el que sobra simplemente se utiliza al día siguiente, calentándolo ligeramente. Mi madre sigue haciendo lo mismo que hacía cuando era una niña, es decir, desayuna pan y aceite, y a veces, aceitunas. Gracias a la costumbre histórica derivada de la necesidad, yo, la tercera generación, también reproduzco este quehacer.

Algo tan sencillo como el pan y aceite te enseña que realmente, para sobrevivir, necesitamos en general mucho menos de lo que creemos. Y que además, nuestras costumbres vienen de muy lejos y se transmiten con mucha intensidad.

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